Un hombre con una bolsa de pan | Querétaro

Un hombre con una bolsa de pan

Araceli Ardón

Hay panes que esconden tesoros: nueces, pasas, arándanos y otras frutas secas, además de semillas que no germinan en la tierra sino en la mente

Leonardo Nierman, uno de los hombres más creativos que he conocido, pregunta entre amigos: “¿Por qué no se ha dado al panadero del Paraíso el crédito que merece?”.  Alguien le pide aclarar su pregunta. Leonardo contesta: “Dios dijo: ‘Ganarás el pan con el sudor de tu frente’, pero del panadero, el Génesis no dice nada”. Y en efecto, ahí están Adán y Eva, trasmitiendo a su prole la sentencia divina, sin reconocer el arduo trabajo de quien produjo el pan para que tú lo lleves a la mesa.

En la historia universal, se recordarán estos años por su turbulencia. Las noticias están teñidas de sangre y fuego. No son las llamas del horno, sino las provocadas por bombas incendiarias, en Ucrania y otras naciones. En el gigante de Norteamérica hay seres que llevan demonios en la mente, que les llevan a disparar a inocentes con armas de fuego de alto calibre. Su poder les permite matar en un solo incidente a docenas de niños en una escuela, feligreses en una iglesia o familias en un parque. 

Luis Cernuda, poeta español que se volvió mexicano, publicó una crónica de su exilio. Son textos entrañables, que hablan de lo trascendente. Este se titula “Guerra y paz”, y comparto un párrafo: “Era el café. Qué paz había dentro. Qué silencio. Una mujer con un niño en los brazos estaba sentada junto al hogar encendido. Se podía escuchar el murmullo ensordecido y sosegador de las llamas en la estufa. Pediste leche fría y pan tostado, con el recelo de quien cree pedir la luna”. 

Entonces, el personaje recupera la esperanza en la vida: “Sentado en medio de aquella paz y aquel silencio recuperados, existir era para ti como quien vive un milagro. Sí, todo resultaba otra vez posible. Un escalofrío, como cuando nos recuperamos pasado un peligro que no reconocimos por tal al afrontarlo, sacudió tu cuerpo”.

Hace unos días, mi marido y yo cenamos con amigos. Los anfitriones compartieron diferentes panes, hablando de su historia. Está el pan ácimo, que los judíos preparan en la víspera de la pascua para comerlo en recuerdo de la noche del éxodo. Hay panes con levadura, que se esponjan y crecen hasta adquirir su forma definitiva: esculturas con cubierta dorada, a veces crujiente, en otros casos de una delicada suavidad. Hay panes que esconden tesoros: nueces, pasas, arándanos y otras frutas secas, además de semillas que no germinan en la tierra sino en el cerebro humano, porque provocan ideas que se convierten en proyectos que a su vez dan empleo y detonan el desarrollo.

En las Odas elementales, Neruda escribe: “El pan, el pan para todos los pueblos. / Y con él lo que tiene / forma y sabor de pan repartiremos: / la tierra, la belleza, el amor. / Todo eso tiene sabor de pan, / forma de pan, germinación de harina”.

Al caer la tarde, cerca de mi casa vuelan miles de aves negras que detienen su vuelo para encontrar su rama y pasar la noche. El cielo se oscurece, cientos de alas abiertas forman olas que van y vienen. Los pájaros se acomodan en los árboles.

Entonces, varios hombres salen de las panaderías cercanas, cada uno con su bolsa de papel.

Al llegar a casa, sus hijos saltarán de gusto al verlos llegar. El aroma del pan llena el ambiente. Una historia de milenios continúa esa noche. Se establece una tregua. Hay lugar para la paz.

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