16 / septiembre / 2021 | 20:44 hrs.

Travesías imposibles

Ana Rincón Gallardo

Como muchos de ustedes, tengo seres queridos en la Ciudad de México, tengo también que acudir con frecuencia a esa urbe por razones de trabajo. Sin embargo, este viaje que tardaba a lo sumo tres horas se ha convertido en una travesía peligrosa y eterna. ¡Mi hija hizo más de siete horas en su última visita!

Si a esto añadimos los asaltos y los múltiples accidentes ocurridos en esa vialidad, llegaremos a la conclusión de que estamos ante una carretera muy peligrosa y, al parecer, mal administrada. Desde que me acuerdo, siempre ha estado en obra. Esta carretera es como la arteria aorta del país, un vaso comunicante por el que se trasladan decenas de miles de personas cada día, así como un sinfín de mercancías desde y hacia la frontera. Si en verdad queremos que exista progreso y que empresas de otros países consideren invertir en México, es indispensable que sus carreteras se encuentren en buen estado y se pueda transitar por ellas con seguridad y fluidez.

Pero el problema de los traslados no termina en las autopistas, también está en la forma en que los funcionarios públicos hacen sus diseños de flujo para todos los trámites de sus dependencias.

Tuve que realizar la inscripción de un embargo ante el Registro Público de la Propiedad y del Comercio, después de una odisea ante juzgados. El viernes pasado, partí jubilosa hacia el centro con todos los documentos bajo el brazo, hacía un calor terrible, no encontraba lugar donde dejar mi ve-hículo y, cuando por fin logré estacionarme, me di cuenta de que tendría que caminar muchas cuadras bajo el rayo del sol. Después de una caminata agobiante, llegue al edificio sólo para descubrir que estaba cerrado, ¡pues todo el personal había tenido una junta con el secretario de Gobierno!

El lunes volví al centro para realizar el trámite. Una vez más, fue un triunfo encontrar un lugar de estacionamiento, pero la oficina estaba abierta y nos atendieron pronto. Una señorita nos comunicó amablemente que debíamos hacer el pago por esa gestión en una tienda OXXO, puesto que en esa oficina ya no se hacían cobros. Con los papeles en la mano caminamos hacia el Jardín Guerrero, pero en esa tienda no se pudo hacer el pago por fallas del sistema. Nos pusimos otra vez en marcha, recorriendo otras cuatro o cinco cuadras hasta la siguiente tienda, el calor ya estaba en su apogeo y encontramos el mismo resultado. Esta vez, la dependiente nos aseguró que las fallas del sistema eran frecuentes, pero que a veces sí se podía efectuar el pago. Decidí acudir al banco más próximo, donde por fin pude realizar el trámite, retomando el camino bajo el inclemente sol queretano hacia el hermoso edificio de la calle de Madero. Cuando por fin concluí la encomienda, había invertido más de tres horas en el periplo… y la próxima semana debo regresar.

Me pregunto lo que sufrirán las personas de la tercera edad o aquellas que tienen problemas de movilidad. Imaginemos la frustración de los ciudadanos que tuvieron que tomar varios autobuses urbanos para llegar al centro el pasado viernes y encontraron el edificio vacío. Considero que nuestras autoridades tienen la obligación de pensar más en sus usuarios, sobre todo en aquellos que no pueden estar peregrinando por todos lados. Pongámonos en el lugar de quienes se trasladan en silla de ruedas o muletas, sólo así podremos presumir de ser verdaderamente incluyentes, y que nuestra forma de gobernar es verdaderamente humanista.

Analista polí[email protected]

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