Suicidio e industria

Luis Vázquez Villalón

El suicidio, libro del famoso sociólogo Émile Durkheim, publicado en 1897, establece una relación entre dos factores que parecen contradictorios: el crecimiento económico y el suicidio.

Curiosamente, esos términos son los mismos que llenaron las páginas de nuestros medios locales hasta poco antes de las elecciones democráticas, cuando el contenido fue sustituido por todos los embates políticos de las mismas, después por el cambio de gobierno y ahora por el turbulento arranque de la nueva administración. Demostrando con ello que las observaciones de Durkheim no son solamente vigentes, sino que también han viajado a nuevas latitudes.

Durante ese tiempo era común ver encabezados como: 69 personas se han quitado la vida durante los primeros ocho meses de 2015 en Querétaro , y a la vuelta de la misma hoja observar Sobresale Querétaro por crecimiento económico, según datos de Inegi. Lo cierto es que durante el primer trimestre del 2013, según el Inegi, Querétaro contó con una tasa de suicidio de 3.5 casos por cada 100 mil habitantes, mientras que, durante el mismo periodo, tuvo un despunte económico del 14.3%.

El Inegi informó que el 40.8% de los suicidios que ocurren en México se da en jóvenes de 15 a 29 años.

Para comenzar, ambos deben de ser (pero no lo son) contradictorios de fondo: se supone que el crecimiento económico debe traer más dinero al bolsillo de todos y, por lo tanto, debe evitar los sentimientos de ansiedad y depresión que son causantes del suicidio.

La explicación que ofrece Durkheim al respecto estriba en varios puntos que resultan inherentes al sistema capitalista y que, por lo tanto, se exacerban cuando éste está en crecimiento:

1. La responsabilidad del individuo. La queja constante de todos los autores modernos de izquierda es que las instituciones del Estado están dejando a las personas sin protección, haciéndolas responsables de todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, contrario a lo que los sistemas populistas y paternalistas ofrecían. Esto se vuelve particularmente grave cuando se sustituye el concepto de Estado, desmoronándose con el de familia en condiciones similares.

Durkheim explica que, en sociedades rurales y “pre-capitalistas”, la familia tenía un rol muy importante en la toma de decisiones de las personas. A los hijos se les dictaba todo: con quién casarse, qué estudiar y cómo ser. Eso, mientras era malo de fondo, liberaba a las personas de la responsabilidad de manejar su propio destino y les daba un sujeto a quién culpar si las cosas salían mal, hoy sólo nos tenemos a nosotros mismos para eso.

2. Aumenta la esperanza y la ambición. Para provocar la desbandada de consumo necesario para que las ruedas del capitalismo giren y la oferta que hacen las grandes corporaciones continúe, se debe instalar el deseo de tener cosas, títulos y otros elementos de estatus en las personas. Esto es, por supuesto, positivo para todos aquellos que las logran alcanzar, pero deja con un sentimiento de insatisfacción permanente a los demás.

3. Hay demasiada libertad. La libertad es un concepto del que se enorgullecen los países que alegan tenerla y por ella luchan los que no. A los ojos de Durkheim, las sociedades modernas tenían demasiada libertad y no proveían al individuo de respuestas a las grandes preguntas colectivas, tales como ¿qué hacer? ¿Con quién casarse? ¿Cómo criar a los hijos? Ahora las personas pueden hacer todo “como quieran” y de ahí nace una gran ansiedad.

Es indudable que todos estos aspectos se aplican a Querétaro y a otras sociedades desarrolladas. Causaron particular escándalo en nuestra localidad, a principios del año pasado y finales del 2014, por ser una de las primeras veces que veíamos ambos elementos exacerbados. Creo que hubiera sido difícil establecer una conexión entre ambos en el momento pero, gracias a Durkheim, podemos hacerlo ahora.

Estudiante de la Facultadde Contaduría de la UAQ.

@lui_uni

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