24 / julio / 2021 | 12:35 hrs.

Sentido común

Ana Rincón Gallardo

El martes escuché una declaración alarmante, que para muchos pasó desapercibida. Ernesto Monroy Yurrieta, titular de la Unidad Coordinadora de Vinculación y Participación de la Secretaria de Salud federal, comunicó que en México existe una prevalencia de niños con obesidad y sobrepeso del 9.7 por ciento, es decir, casi uno de cada diez, señalando que cuando estos chicos lleguen a la secundaria, esta prevalencia habrá aumentado a casi el 40 por ciento.

Por su parte, en la página de la UNICEF MEXICO, encontramos que, según los datos recabados en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, estos jóvenes tendrán sobrepeso u obesidad al llegar a la edad adulta en un 70%. Advirtiendo que la causa de este problema son los malos hábitos en la alimentación. La obesidad es la puerta a innumerables enfermedades como la diabetes, que se ha convertido en el mayor problema de salud al que se enfrenta el sistema nacional de salud, pues es la principal causa de muerte en adultos y la primera causa de demanda de atención médica así como la enfermedad que consume la mayor parte del presupuesto en las instituciones públicas.

Ante este problema, nuestras autoridades podrían tomar dos caminos: El primero, convenciendo a las madres de familia para que se comprometan a modificar los hábitos alimenticios de sus familias, así como fomentar la práctica del deporte entre sus hijos. En este camino, se vigilaría el índice de masa corporal de todos los niños y adolescentes del país, reservándose la entrega de apoyos gubernamentales a quienes hubiesen modificado sus hábitos de vida. Habrá quien piense que la obesidad es un problema de pobreza, pero el consumo de comida chatarra es más caro a corto y mediano plazo.

El segundo camino es el andado por nuestros vecinos del norte, quienes buscando ser políticamente correctos, proscribieron la palabra gordo del vocabulario, debiendo referirse a estas personas como “large people”; también han ordenada a las compañías textileras a fabricar sus modelos de ropa en absolutamente todas las tallas, utilizando modelos de tallas grandes. Existe un crecimiento enorme en la oferta de bienes y servicios para esta población, pero la epidemia sigue creciendo.

Aunque es importante fomentar la autoestima de todos los niños, independientemente de su talla, ningún medico sensato recomendaría, en aras de la no discriminación, el hacer creer a los niños que es perfectamente normal ser obeso. Tampoco recomendarían que un chico de nueve o diez años pudiera elegir libremente permanecer o convertirse en obeso. Y ninguna autoridad iniciaría un proceso legal contra una madre por querer poner a dieta a su hijo gordinflón.

Lo cierto es que menos del dos por ciento de los niños nacen con problemas médicos que les induzcan la gordura, siendo los patrones de alimentación los que desencadenan el problema. Por lo tanto, la única forma de acabar con la epidemia, es trabajando en la raíz del problema. En el caso de la homosexualidad, menos del 3% de los gays nacen con esta condición, y al igual que con la obesidad, se “van haciendo” por las influencias que reciben, fundamentalmente en casa y en el entorno social.

Por tanto, considero que es mucho más sensato revisar los patrones que enseñamos a nuestros hijos, los mensajes ocultos que damos en casa, acabando de una vez con el estereotipo de la madre nutricia, poderosa y omnipotente, que sufre abnegadamente las vejaciones del marido, y se las cobra castrando y engordando a sus retoños.

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