Resiliencia, estrés y emociones

Eli Martínez

Un estado emocional negativo, a menudo descrito como estrés, angustia o trastorno de ansiedad se ha asociado con una variedad de condiciones patológicas, incluyendo la hipertensión, isquemia miocárdica, muerte cardiaca súbita, enfermedades coronarias, arritmia cardiaca, trastornos del sueño, síndrome metabólico, diabetes, enfermedades neurodegenerativas, fatiga y muchos otros trastornos.

Estimados lectores, en esta ocasión abordaremos un tema tan familiar para la mayoría de los seres humanos en el planeta: el estrés.
Los fuertes trastornos emocionales en muchos pacientes precipitan o provocan diversas enfermedades, especialmente las que están relacionadas con el corazón. Un estado emocional negativo, a menudo descrito como estrés, angustia o trastorno de ansiedad se ha asociado con una variedad de condiciones patológicas, incluyendo la hipertensión,  isquemia miocárdica,  muerte cardiaca súbita,  enfermedades coronarias,  arritmia cardiaca, trastornos del sueño, síndrome metabólico, diabetes, enfermedades neurodegenerativas, fatiga y muchos otros trastornos. Se ha demostrado que el estrés y las emociones negativas aumentan la gravedad de la enfermedad y empeoran el pronóstico de las personas que padecen diversas patologías.  Por otro lado, las emociones positivas y la efectiva autorregulación de las emociones han demostrado prolongar la salud y reducir significativamente la mortalidad prematura.  Desde una perspectiva psicofisiológica, las emociones son centrales en la experiencia del estrés. Son los sentimientos de ansiedad, irritación, impotencia, frustración, falta de control y desesperanza  lo que experimentamos cuando nos describimos como estresados. 

En esencia, el estrés es un malestar emocional cuya experiencia varía desde sentimientos de bajo grado del mismo hasta agitación interna intensa. Las emociones estresantes pueden surgir claramente en respuesta a desafíos o eventos externos, y también a partir de diálogos y actitudes internas. Los sentimientos recurrentes de  preocupación,  ansiedad,  ira, juicio,  resentimiento,  impaciencia, sensación de estar  abrumados e incertidumbre, a menudo consumen una gran parte de nuestra energía y provocan apatía en nuestras experiencias de vida cotidiana.

Además, las emociones —mucho más que los pensamientos solos— activan los cambios fisiológicos que comprenden la respuesta al estrés. Una actividad puramente mental, como recordar cognitivamente una situación pasada que provoca malestar no produce un efecto tan negativo en sí mismo como el hecho de interpretar y recordar nuestras interpretaciones de los hechos.
Nuestras emociones infunden   color a la vida y transforman nuestra experiencia consciente en una experiencia vivificante y significativa. Las emociones determinan lo que nos interesa y lo que nos motiva. Nos conectan con los demás y nos dan el coraje para hacer lo que hay que hacer, para apreciar nuestros éxitos, para proteger y apoyar a la gente que amamos y para tener compasión y bondad para aquellos que necesitan nuestra ayuda. Las emociones son también lo que nos permite experimentar el dolor  de la pérdida. Sin emociones, la vida carecería de significado y propósito.

Las emociones y la resiliencia están estrechamente relacionadas porque las emociones son los principales impulsores de muchos procesos fisiológicos clave involucrados en la regulación energética. Definiendo la resiliencia como “la capacidad de prepararse, recuperarse y adaptarse frente al estrés, la adversidad, el trauma o el desafío”. Por lo tanto, la clave está en saber manejar las emociones  para tener una buena salud, funcionar de manera óptima y ser más resilientes. 
La resiliencia en sí misma,  puede ser considerada  más  como un estado del ser que como un rasgo y  puede variar con el tiempo a medida que cambian las demandas, las circunstancias y el nivel de madurez.  La capacidad de construir y sostener la resiliencia está relacionada con la autogestión y la utilización eficiente de los recursos energéticos en cuatro dominios: físico , emocional, mental y espiritual. 

-La resiliencia física se refleja básicamente en la flexibilidad física, la resistencia y la fuerza.
-La resistencia emocional puede verse en la capacidad de auto-regulación, el grado de flexibilidad emocional, la perspectiva positiva 
y las relaciones de apoyo.
-La resiliencia mental se observa en la posibilidad de mantener el enfoque y la atención, la flexibilidad mental y la capacidad de integrar múltiples puntos de vista. 
-La resiliencia espiritual suele asociarse con el compromiso con los valores fundamentales, la intuición, así como la tolerancia acerca de los valores y creencias de los demás.
Cuando se viven estos cuatro niveles de resiliencia es cuando se puede llegar a la coherencia personal que lleva a la salud y el bienestar.

El aprender las técnicas de autorregulación que nos permiten cambiar nuestra fisiología a un estado más coherente, el aumento de la eficiencia fisiológica y la alineación de los sistemas mentales y emocionales crea una mayor resiliencia (energía) a través de los cuatro dominios energéticos. 

Tener un alto nivel de resiliencia es importante no sólo para recuperarse de situaciones desafiantes, sino también para prevenir reacciones innecesarias de estrés, que a menudo llevan a mayor gasto de  energía y desperdicio de tiempo y agotan nuestros recursos físicos y psicológicos. Es la capacidad de ajustar y autorregular las respuestas, así como el comportamiento, lo más importante en la construcción y el mantenimiento de relaciones de apoyo y afecto sanas, además de poder  cumplir con las demandas de la vida con ecuanimidad, consistencia e integridad. También representan una llave para el éxito al vivir la vida con mayor bondad y compasión en todas nuestras relaciones. Si la capacidad de las personas para la regulación inteligente, auto-dirigida es lo suficientemente fuerte, entonces, independientemente de las circunstancias, experiencias pasadas o rasgos del individuo, llevarán a la persona a adaptarse a los cambios y tomar mejores decisiones.
 
“En realidad, la salud no puede ser considerada como la ausencia de enfermedad, sino más bien como el proceso por el cual los individuos mantienen su sentido de coherencia (es decir, donde hay una vida significativa, comprensible, manejable) y la capacidad de funcionar frente a los cambios en relación con su entorno”.

 

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