A preguntas raras, respuestas claras

Sara Sefchovich

En los casos recientes de acoso sexual y violación que han salido a la luz en nuestro país y en otros, una de las preguntas recurrentes de quienes dudan de la veracidad de la palabra de las víctimas es ¿por qué lo denunciaron hasta ahora?

Los motivos de esta tardanza en denunciar son sin duda diversos, pero quiero aventurar los que me parecen más significativos.

El primer motivo es sicológico: tiene que ver con la manera como se siente una mujer que ha pasado por ese trauma, pues además de humillada y avergonzada, se considera culpable. Una víctima dice que su pensamiento recurrente era: “¿Qué hice yo para provocar este comportamiento?” Y abunda: “El coraje lo sentía contra mí, y de tanto como me culpé, incluso llegué a pensar que fue consensuado, que yo acepté, lo cual era completamente falso”. 

El segundo motivo es social. Las autoridades no toman en serio este tipo de denuncias y en muchos casos, aprovechan para re-victimizar a la mujer, tanto por la manera como reciben sus afirmaciones, como por la exigencia de hacer pruebas físicas que terminan por ser tan terribles como la violación misma.

El tercer motivo tiene que ver con la situación cultural de cada momento. “Hace diez años no existía toda esta conciencia que hay ahora”, dice una víctima, y tiene razón. No existía el contexto para ver que esto era un delito ni mucho menos para hacer la acusación pública del mismo. Las mujeres tenían inculcada la idea de que si querían conseguir un empleo o ascender en él, ese era el método, así eran las cosas. Esto ha ido cambiando y hoy afortunadamente ya no es esa la enseñanza que reciben las mujeres, quienes por el contrario, están aprendiendo a que si no quieren algo no tienen por qué aceptarlo y que si les suceden estas cosas deben hacerlo público. 

Por supuesto esto no pasa todavía en todas las sociedades. Hay algunas en las que si una mujer es violada se le considera culpable a ella, en India por ejemplo o en ciertas regiones de los países de religión musulmana donde prefieren matarla que soportar el deshonor que significa su violación, aún si ella se dio en un contexto de guerra. Conozco el caso que sucedió en una comunidad ultraortodoxa judía, de una mujer blanca violada por un hombre negro, que quedó embarazada. No dijo una palabra de esto a nadie y respiró agradecida cuando nació una niña blanca. Años después, esa hija dio a luz un niño negro, y el marido la molió a golpes por haberlo engañado, cosa que no había sucedido, pero ni así la madre se atrevió a confesar. 

Un estudioso se hace esta pregunta: ¿Es posible que algunas sociedades faciliten la resiliencia ayudando al herido a tomar un nuevo desarrollo y que otras la impidan contando de manera diferente la misma tragedia?

Claro que es posible y de hecho así es. “La invitación a la palabra o la obligación del silencio, el apoyo afectivo o el desprecio, la ayuda social o el abandono, cargan la misma herida de una significación diferente, haciendo que un mismo acontecimiento pase de la vergüenza al orgullo, de la sombra a la luz”, afirma Boris Cyrulnik. 

Una víctima lo expresa con gran sencillez, y resume lo dicho hasta aquí: “Hacia varios años que quería denunciar pero no quería hacerlo sola, quería estar acompañada”. Ese acompañamiento ya es posible hoy. Lo damos todos y todas y todes los que les creemos su palabra a las mujeres.

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