El cuerpo de una madre joven es un poema: la vida se abrió en ella como capullo de flor, para extender sus pétalos. Acaba de dar a luz, acción que adquiere mil significados: al traer a un ser humano a este planeta iluminado por el Sol, se enciende la llama interior que da calor al recién nacido, iniciando así el proceso mental cuyos frutos se llaman pensamientos. El bebé busca a su madre de forma instintiva, reconoce su aroma como lo hace un cachorro, repta por su tórax, encuentra el pecho lleno de leche tibia, se prende del pezón y succiona.

Este proceso salva vidas cuando se trata de niños prematuros. Su talla pequeña y su peso insuficiente son poderosas barreras que se levantan entre el frágil bebé y su supervivencia. 

Los médicos especializados en el cuidado de infantes minúsculos, que no habrían vivido sin la tecnología de hospitales de primer nivel, descubrieron que el secreto estaba en prácticas ancestrales: el bebé y la madre deben estar la mayor parte del tiempo piel con piel, en ese método que se llama canguro, en honor de los marsupiales que llevan a las crías en su bolsa frontal.

Gracias a la técnica canguro, un pequeño cuyo cuerpo pesó dos kilos al nacer, cuyo desarrollo intrauterino todavía no tenía el tiempo necesario, logra fortalecer sus defensas, ganar peso, fuerza y madurez en forma sorprendente.

Cuando un bebé prematuro no tiene contacto con la madre, porque ella esté en una situación complicada o haya muerto en el parto, lo que ocurre todavía en condiciones de pobreza, las posibilidades de salir adelante para este minúsculo ser humano se reducen en forma dramática.

Cada uno de nosotros tiene cinco sentidos, que requieren de estímulos para que el sistema nervioso funcione como es debido. La falta de cualquiera de ellos causa algún tipo de atrofia. 

La privación sensorial es la restricción de estos estímulos. Vendar los ojos de un prisionero, taparle sus oídos con orejeras de protección acústica y otros métodos inhumanos han sido usados a través de los siglos para torturar a los enemigos. La privación prolongada puede resultar en ansiedad, alucinaciones, depresión y comportamiento antisocial. 

El confinamiento nos ha impedido tocarnos. Atenta contra la necesidad de estar piel con piel, puede causarnos hambre de tacto.

En su poema “Odas y germinaciones”, el chileno Pablo Neruda explica así el encuentro de los amantes: 

“El sabor de tu boca y el color de tu piel, / piel, boca, fruta mía de estos días veloces, / dímelo, fueron sin cesar a tu lado / por años y por viajes y por lunas y soles / y tierra y llanto y lluvia y alegría / o sólo ahora, sólo / salen de tus raíces / como a la tierra seca el agua trae / germinaciones que no conocía”.

Las semillas del placer, las ideas, los proyectos de futuro, requieren germinar en condiciones adecuadas, es decir, con los estímulos sensoriales que las relaciones humanas traen consigo: el beso de los enamorados, la caricia larga y lenta de una abuela sobre la espalda de un pequeño, la mano de un muchacho sobre el hombro de su mejor amigo, las manos entrelazadas.

Alfonsina Storni, nacida en Suiza y criada en Argentina, escribió su obra poética en español. Su pieza “Uno” dice así:

“Su piel, / color de miel / delata el agua que bañó la piel. / (¿Hace un momento, acaso, las gavillas / de agua azul, no abrían sus mejillas / los anchos hombros, su brazada heroica / de nadador?”

El color de los pescadores en las costas donde el sol penetra la epidermis y cambia su color, los vuelve seres de bronce. Amado Nervo, el poeta nayarita, publicó en 1902 un poema titulado “La raza de bronce”, que dice así: “Señor, deja que diga la gloria de tu raza, la gloria de los hombres de bronce, cuya maza melló de tantos yelmos y escudos la osadía”.

Nuestro premio Nobel, Octavio Paz, lleva el significado de la palabra piel a la naturaleza en el poema “Bajo tu clara sombra”:

“Mira el poder del mundo, / mira el poder del polvo, mira el agua. / Mira los fresnos en callado círculo, / toca su reino de silencio y savia, / toca su piel de sol y lluvia y tiempo, / mira sus verdes ramas cara al cielo, / oye cantar sus hojas como agua”.

Tantos versos escritos sobre la piel como tatuajes, tanta necesidad de tocarnos, de sentirnos de nuevo unidos. A usted, le deseo que pronto funda su cuerpo con otro en un abrazo que les permita sentirse muy cerca, aunque solo sea por razones de buena salud.

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