País en vilo

Jaime Septién

La investigación de don Luis González y González, “Pueblo en Vilo”, debería ser libro de historia obligatorio para todo estudiante de prepa y universidad. Sobre todo los de provincia, temerosos de quedar “fuera” de los acontecimientos. Los provincianos solemos creer que la historia apenas ha pasado por las calles y las plazas de nuestras ciudades. Y no es así. Como lo demostró el maestro González y González, la historia patria pasa, completita, por un pueblo tan pequeño como San José de Gracia, en Michoacán. Sacudidas y asonadas, decenas trágicas y colonizaciones, revoluciones y guerras cristeras, caídas del precio del maíz y tiempos (escasos) de cierta bonanza. La ilusión del centralismo —al que somos tan afectos los mexicanos— nos hace afirmar a pie juntillas que los pueblos de provincia están a las afueras de lo valioso. Y si están a las afueras, sus personajes, sus pasiones y sus villanías son de segunda división.

He estado estos días disfrutando de Oaxaca. Los maestros disidentes frente a la reforma educativa se habían ido a protestar al DF. El centro histórico, sin cables y sin letreros estridentes lucía en su esplendor, con un gentío imponente, casi todos lugareños. Luego los monstruos de madera de Arrazola o Tilcajete, el barro de Atzompa, los telares de Teotitlán, el esplendor del árbol del tule en Santa María, la polifonía de oro de Santo Domingo (que me hizo recordar a su benefactor y restaurador, el padre Esteban Arroyo, dominico e historiador, de quien tuve la fortuna de ser de sus últimos editores), la música del Istmo, el tasajo, la zandunga, Mitla, Monte Albán, el coloradito de guajolote, la sopa de guía... ¡qué riqueza en medio de qué pobreza!

¿Por qué México está así, tan postrado, con esta fusión de colores como la de Oaxaca, que se encuentra detrás de la pintura de un Rufino Tamayo o de esos delirios de inocencia que fabrican con madera de copal y que se han dado a llamar alebrijes? ¿Por qué en la maestría de una cocina popular capaz de elaborar una tlayuda con asiento y frijoles o —como en la “Casa Oaxaca” o en “Los Danzantes”— un taco de jícama con sandía y chapulines o un quesillo en hoja santa y salsa de tomates, se condensa el potencial creativo que podría transformar las serranía en un bastión de fertilidad? No lo sé. Lo único que sé es que este país es tan noble y trabajador, tan artista y sufridor, que ha sobrevivido a oleadas de políticos corruptos con la frente en alto, generando hoy un Toledo, mañana un Macedonio Alcalá, pasado mañana o antier, un José Vasconcelos.

Esa otra historia es la que tenemos que contar a nuestros jóvenes. La de un pueblo que ha vivido en vilo su calidad de fundar belleza con lo mínimo y de limpiarse la vista con la amplitud de un horizonte azul, esplendido, de nubes toscas y gordas, como las que retrataba don Gabriel Figueroa y que tan poco le gustaban a Luis Buñuel, aragonés que vivió su mexicanidad como su personaje del “Jaibo” en Los Olvidados: burlando y a pedradas.

La del México que no quiere cambiar para parecerse a Japón, como quiso Salinas, o a Disneylandia, como quiso Fox. Ésa es la historia de los poblados que hemos de rescatar si no queremos que nos coma el olvido. Como me dijo un guía de Hierve el Agua: si no queremos que luego vengan los gringos a darnos de comer.

Periodista y editor

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