13 / junio / 2021 | 12:47 hrs.

País de cuates

Emilio Lezama

Las grandes crisis afectan a todos los países, pero afectan más a aquellos que carecen de estructuras, instituciones y protocolos. Un país construido sin un sentido organizacional profundo es un país endeble ante lo imprevisto. México es un país de improvisación; las estructuras políticas, económicas y sociales fueron construidas a base de criterios afectivos y no efectivos.

En lo político, las instituciones han sido construidas, destruidas, reconstruidas y moldeadas al servicio del individuo gobernante del momento. En lo económico, mucha de la riqueza ha sido el producto de los favores políticos y no de la habilidad empresarial; una vez obtenida la riqueza, las empresas se han consolidado como monolitos familiares, instituciones encargadas de garantizar el futuro económico de la familia, no del negocio o la sociedad. 

Esta configuración vuelve muy endeble al sistema porque en el fondo nada es real. Los pilares de los que se jacta el país; “las instituciones políticas”, “los grandes empresarios”, “la productividad e ingenio del mexicano” son una gran ilusión retórica. En lo discursivo suena grandioso, pero en la realidad es solo espejismo. Los “pilares” del país fueron tejidos en gran medida por el compadrazgo, por amigos o familiares cuya capacidad para construir cimientos es dudosa. 

Las “instituciones” políticas del Estado son en realidad estructuras efímeras al servicio del líder en turno. Las instituciones verdaderas duran en el tiempo porque han construido procesos, protocolos, estructuras y organización que trascienden la temporalidad del individuo. En México si la estructura no beneficia a un grupo particular, no hace sentido político; debe ser destruida o reconstruida para este fin. Es lo que se llama “instituciones” del Estado, en su gran mayoría la posibilidad de riqueza y poder para unos pocos, y una “chamba” para algunos más.

En el mundo empresarial sucede algo parecido, las empresas en México son pensadas como negocios familiares a heredar. En términos afectivos puede ser maravilloso, pero en términos de negocio es generalmente una mala estrategia. Las empresas más exitosas del mundo son empresas públicas que buscan ser conducidas por la meritocracia; que la viabilidad de las empresas más importantes de un país depende del azar genético es un muy mala apuesta para una economía. 

Según la revista Forbes, hay 5 mexicanos entre las 300 personas más ricas del mundo, pero solamente 2 empresas mexicanas entre las 300 más ricas de la revista Fortune, y una de las dos es Pemex. Entre los 10 unicornios latinoamericanos más exitosos, México solo tiene dos empresas, en los puestos 9 y 10. La riqueza y el poder más producto de la influencia que de la capacidad. Eso explica por qué las empresas mexicanas no logran ni buscan tener éxito internacional; para triunfar aquí no necesitan desarrollar capacidades institucionales que las vuelvan competitivas en el mercado real. Su éxito solo es posible bajo el amparo de la estructura del poder de México.

La retórica de “la gran productividad e ingenio del mexicano” también parece estar poco asentada en la realidad. Los datos de la OECD son contundentes, los mexicanos somos los que más trabajamos y los que menos producimos. Esta información no es muy sorprendente para los que han estado en una oficina en México; donde los jefes son los amigos del dueño, las horas de trabajo más un trámite burocrático que una medición de efectividad y sobretodo en el que no existen organización, procesos y dinámicas de trabajo que fomenten la efectividad. Los bajos niveles educativos y de calidad de la enseñanza tanto en pública como privada, hace que la eficiencia y capacidad de los trabajadores sea baja. 

México es un país de cuates; construido de redes afectivas de influencia y de altas dosis de improvisación. El resultado es un país en el que el mérito no significa nada, la capacidad es menospreciada y la visión a largo plazo irrelevante. Dicho de otra forma, un país sin instituciones a las cuales recurrir en las horas de crisis. Enfrentados a una crisis mundial los pilares del país se revelan como son: espejismos. El poder político no tiene instituciones a las cuales recurrir pues nunca las ha construido. El poder económico no tiene cimientos para servir a su sociedad porque únicamente fue estructurada para servir a la familia. La sociedad no tiene mecanismos de solidaridad y empatía porque nunca tuvo la posibilidad de tejerlos. El modelo estructural se replica en todas las construcciones sociales, económicas y políticas del país sin importar de qué rubro social se trate. Las empresas, escuelas, hospitales, e instituciones públicas y privadas comparten un desdén generalizado por generar capacidades y por construir mecanismos y protocolos. La improvisación es inherente a un país de cuates. La meritocracia excluyente. Todo funciona muy bien mientras la ilusión de la retórica dicta la narrativa, pero ante problemas reales, las construcciones ficticias se desmoronan.

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