Otra modesta proposición | Querétaro

Otra modesta proposición

Eduardo Mejía

Los humanos deben ser recordados por sus buenos momentos más que por los malos, a menos que los malos sea atentar contra la vida y contra la humanidad.

Al expulsar de una academia de artes a un productor que tiene el tino de hacer triunfadora casi cada cinta que produce, o al desconocer los méritos histriónicos de un actor que acierta en hacer convincentes todos los gestos que hace, desde el enamorado arrastrado por la pasión por una adolescente, hasta el cínico que se aprovecha de la ingenuidad de un vecino para copular con la vecina, u otros casos similares, significa que mucha gente, sobre todo actores, directores, productores y hasta maquillistas serán juzgados por sus momentos de debilidad que por sus buenas acciones, lo que va en contra de lo que se ha proclamado siempre; que los humanos deben ser recordados por sus buenos momentos más que por los malos, a menos que los malos sea atentar contra la vida y contra la humanidad.

Si ésa va a ser lo que suceda de aquí en adelante, haremos aquí algunas propuestas para que, si no puede modificarse el pasado, por lo menos podamos ocultarlo, y se prohíba la exhibición de algunas películas que enaltecen el acoso contra las mujeres (por el momento no exaltaremos los casos contrarios mientras no aparezcan acusaciones de directoras o actrices que obligan a los principiantes a que se dejen seducir): en Santa, la reputada como primera cinta sonora mexicana, un torero seduce a una pueblerina con el argumento de que si accede a su requerimientos la recompensará ante el altar; en Necesito dinero, un humilde pero emprendedor mecánico todos los días atisba los tobillos de una transeúnte de tal manera que al verla de cuerpo entero, la reconoce y la sigue hasta que la consigue; en El sátiro, un playboy se aprovecha de las ingenuas que visitan su casa para medir sus atributos y, por el gesto que hace una de ellas, detenerse en uno de esos atributos, aunque el espectador no sepa en cuál, lo adivina; en Modisto de señoras, un modista se hace pasar por “diferente” (para no decir gay, invertido u otro adjetivo ahora castigado) para acariciar con lascivia a las clientas que, ingenuas, no saben de qué lado batea; en Los hijos de María Morales un ranchero pasa por detrás de los asistentes a un discurso y, por la reacción de varias de ellas, aprovecha su descuido para acariciarles los glúteos, como hicieron algunos de los acusados en las últimas semanas; en esa misma cinta, los dos improbables hermanos pasan revista a unas supuestas sirvientas que les llevan alimentos y dictaminan que están “buenas”; en ¿Qué te ha dado esa mujer?, unos policías que van a arrestar a unos supuestos abusadores (aunque ella fue por su cuenta y por las buenas) en el departamento de ellos, aseguran que la “víctima” “está muy bien”.

Los campeones de los acosadores son los dos actores más populares en la historia del cine mexicano: del primero ya pusimos algunos ejemplos, pero no sobra mencionar que en También de dolor se canta un estrella de cine ofrece un papel a una pueblerina sin talento nomás porque es apetecible, pero ella tiene un hermano que la defiende, quien también es asediado por una actriz que muestra más que interés en hacerlo artista; en la cinta ninguno de los dos triunfa y se regresan a su pueblo, lo que no sucede en la vida real, donde muchas estrellas carecen de aptitudes histriónicas, pero no de belleza, y el otro se aprovecha en Calabacitas tiernas de una identidad falsa para, en su papel de supuesto empresario de cabaret, besuquear (que no es lo mismo que besar) a cuanta aspirante a estrella se le presenta (menos a una niña, para no pecar de pederastia —que no es lo mismo que pedofilia, lo que no es un delito), y le coquetean para que las contrate. En El rey del barrio lo saludan con un cariñoso “Adiós, mi rey” todas, incluido Roberina, menos una vecina  a la que contrata para que le dé clases a su sobrino aunque no es maestra; en la poco apreciada El sultán descalzo atosiga a todas las vecinas, y se hace pasar por maestro de baile para conquistar a una aspirante a bailarina, y se disfraza de policía para seducir a una más que dispuesta vecina simpatiquísima. 

Si las fuerzas del bien triunfan, si prevalece lo políticamente correcto, todas estas cintas deben ser prohibidas, pero nos perderemos de cintas buenas o cuando menos divertidas. 

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