No es tarde para cambiar | Querétaro

No es tarde para cambiar

Niels Rosas Valdez

No hay que perder de vista que muchas personas no dedicadas al oficio clerical son asesinadas cada día

El lunes dos sacerdotes jesuitas fueron asesinados en la comunidad de Cerocahui, Chihuahua. Según los reportes, los clérigos intentaron ayudar a un hombre que era perseguido por otro del crimen organizado, quien finalmente le quitó la vida a los tres. ¿Qué impacto ha traído este suceso a la opinión pública del país? ¿Qué reflexiones nos deja?

El asesinato de dos sacerdotes jesuitas ha tenido consecuencias tanto internacionales, como domésticas. En el primer esquema se puede referir al mensaje por parte del Papa Francisco, quien lamentó y condenó el trágico evento, pero también la situación de violencia en México. Con respecto al segundo panorama, la Conferencia del Episcopado Mexicano también levantó la voz ante el panorama de “inseguridad, odio y violencia”, según sus palabras, por el que atraviesa el país.

Es cierto que este acontecimiento ha consternado y conmocionado a muchas personas, y por la naturaleza del evento y de las víctimas se le ha prestado más atención. No hay que hacer a un lado el hecho que la Iglesia católica en México es poderosa y con mucha influencia, y que también muchos mexicanos son católicos, de ahí que esta noticia resuene mucho en los medios de comunicación, en las charlas entre vecinos y en la vida pública.

Pero no hay que perder de vista que, por más lamentable que haya sido esta situación, muchas personas no dedicadas al oficio clerical son asesinadas cada día y merecen también la importancia debida, no ser simples cifras, como en muchas ocasiones se nos presenta. Son vidas que se pierden y que cambian drásticamente el presente y futuro de muchas familias. También ellas importan, aunque no tengan la voz suficiente para hacer notar sus fallecidos al gobierno y a la sociedad, y por ello es trascendental poner sobre la mesa nuevamente la situación tan crítica en materia de seguridad por la que atraviesa el país.

Sin embargo, a raíz del asesinato de los dos sacerdotes jesuitas, el presidente Andrés Manuel López Obrador lamentó la situación, condenó el crimen, pero enfatizó que su gobierno continuará con la estrategia de seguridad que ha aplicado desde el inicio de su administración: “abrazos y no balazos”. No cabe duda que una de las razones de su plan es generar un contraste con el empleado por el entonces mandatario Felipe Calderón en el marco de la guerra contra el narcotráfico, pero ¿en verdad vale la pena continuar con una estrategia de nulos resultados positivos con tal de construir una diferencia con su añejo rival?

La controversial estrategia de seguridad de López Obrador ha sido muy criticada a raíz de la evidencia contundente que indica que no hay descenso en el número de asesinatos en el país y, en cambio, se presenta un incremento con respecto a los años pasados. ¿Cómo se le puede explicar al mandatario que su plan no es ni el adecuado, ni está funcionando?

Valdría mucho la pena que él y su equipo de trabajo pudieran revalorar la situación, incorporar otras opiniones en materia de seguridad y escuchar a la población, sobre todo de las zonas más socavadas por la inseguridad. México ha sufrido mucho, pero mucho en cuestiones del crimen organizado en los últimos años y la estrategia de seguridad del actual gobierno federal no está rindiendo frutos. No es tarde para cambiar en la presente administración y, en cambio, la vida de los mexicanos está en juego.

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