Memorias de un Hermano Peregrino | Querétaro

Memorias de un Hermano Peregrino

Miguel Servín

Una de las conmemoraciones más importantes para los queretanos es la Peregrinación hacia el Tepeyac.

De niño, escuchaba a los taxistas decir que: “era mala época para el trabajo”. Ahora, con el crecimiento tan importante que ha tenido el estado, creo que ya no se siente tanto el vacío que dejan quienes por unos días se van de peregrinos.  

Meses antes se realizó el sorteo para saber qué número le tocará a cada grupo y prepararse para que llegue el momento.

Previo a estas fechas, las sombrererías -que ya quedan muy pocas- hacen su venta anual. Los peregrinos y las peregrinas acudimos a comprar un buen sombrero para que nos cubra del sol. Por la época de lluvia, también adquirimos el impermeable y la cubierta para la capota.

Una parte importantísima es el calzado que se va utilizar. Me enseñó mi abuela materna que las chanclas viejas son las mejores; pero hay quienes compran y adquieren zapatos nuevos. De esta decisión dependerá el apoyo y soporte que se le brinden a los pies, pues podrían llegarse ha “cocer” si se trata de un mal material que además generará molestas callosidades. Los más experimentados usan el calzado que utilizan a diario.

El equipaje es tan variado de acuerdo con las costumbres y posibilidades económicas de cada romero. Es muy común que el equipaje sea enviado en camiones o camionetas que se adelantan y esperan en cada parada para recoger sus pertenencias y descansar.  

Muchos guardan sus vacaciones para estas fechas, otros más piden permiso en el trabajo para ausentarse y alguno que otro de plano toma la decisión de faltar a sus labores importándoles poco las consecuencias que se puedan presentar a futuro. 

La motivación para irse de peregrino son muchas y tan variadas. Es tan diverso como las diferentes formas de ver y sentir la fe; pero al final de cuentas el principal motor es el sentimiento de amor y las muestras de cariño a la Santísima Virgen Madre de Dios,  en su advocación de Guadalupe.

Nuestro paso por la ciudad de Querétaro

Bien dicen que “no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla”. El día sábado salió la peregrinación de mujeres al Tepeyac y el domingo la de hombres de Querétaro, después de la santa misa, para recibir la bendición y caminar con destino a ver a la reina de todos los mexicanos; Nuestra Señora de Guadalupe.

Días antes, hermanas y hermanos peregrinos de la Sierra, como comúnmente se les conoce, ya estaban caminando y pronto se unirán a la columna de San Juan del Río.

Es así que comienza la fila de la Peregrinación. Los estandartes ya se alistan a tomar sus lugares de acuerdo a la numeración.

Empieza un caos que poco a poco se va normalizando con la agrupación de los hermanos peregrinos. Unos empezamos a reconocernos del año pasado y a saludarnos “buenos días hermano” y a andar poco a poco. Esta primera jornada ya concluyó, vamos dejando poco a poco las calles de la ciudad de Querétaro y nos encaminamos rumbo al Tepeyac.

De inmediato no se hacen esperar los cantos marianos y las albas a Dios. Aunque a muchos pasó el ir caminando y dormitando; un fenómeno que solo quien ha ido en alguna romería ha vivido.

Alimentos no faltan, desde los comerciantes que salen a vender sus productos  hasta quienes de buena fe regalan comida y agua a los peregrinos.  El primer descanso es en La Noria, donde la oportunidad para la reconciliación y comulgar no falta; pues hay suficientes sacerdotes que acompañan a los romeros. Después de este descanso poco a poco se van formando las filas para llegar al fin de la primera jornada de Pedro Escobedo.

Por la mañana muy temprano los camiones rojos de una refresquera muy conocida y famosa, empieza a despertar a los romeros; “hermano peregrino despierta, queda poco tiempo para salir”.

El olor a café, tamales o “pollas” (que es jerez con un par de yemas de huevo) ayudan a despertar y empezar la nueva jornada con destino a San Juan del Río donde nos encontraremos con los hermanos peregrinos que llegan de la Sierra.

 

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