Memoria de elefante

Karla Munguía

El elefante no olvida. Y eso lo puedo comprobar. Les recuerdo de manera breve que en febrero de 2008, llegó a alegrar mi vida en Sudáfrica un elefante bebé de nombre Themba. En zulu (uno de los tantos dialectos sudafricanos) significa esperanza.

Los días, semanas y meses pasaron. Cada noche era el mismo ritual: subir por una escalera para poder llegar a mi cama flotante de acero, extender mi sleeping bag y colocar mi linterna tipo minero en mi cabeza para poder leer y esperar a que las manecillas del reloj marcaran las 12 de la noche para darle sus tres litros de leche al “muchacho”. Todos los días, cinco minutos antes de la hora, Themba venía con su trompa a pedirme que ya pusiera yo manos a la obra.

Bajaba adormilada, mezclaba en una cubeta agua caliente con su leche en polvo y le agregaba agua fría para que no se quemara su trompita.

Dato curioso: los elefantes usan su trompa como nosotros usamos los popotes. A la edad adulta pueden succionar hasta 24 litros de agua de un “jalón” para luego depositarla en su hocico y tomarla.

El mismo ritual era repetido a las 3:00 de la mañana, a las 6:00 de la mañana, a las 9:00 de la mañana, y así, cada tres horas.

“Mamá, ¡¿cómo le hiciste para tener dos hijos?! Yo apenas puedo con este elefante y eso que no voy a pagarle escuela, viajes, doctores, ropa, alimentación, carrera universitaria y boda”, le escribí.

Themba, Alberto el borrego y yo, caminábamos por la estepa sudafricana por horas. A veces yo les platicaba, otras me quedaba callada escuchando los trompeteos de Themba y me ponía a grabarlos jugando. Themba perseguía a Alberto, Alberto perseguía a Themba. Luego Themba se cansaba y se tiraba a descansar mientras Alberto lo molestaba para que se levantara y siguieran jugando. Tres meses después llegó Lyndal con el siguiente aviso: “Karla, ya tienes demasiado trabajo, (en ese entonces grababa a Themba, lo cuidaba y además editaba las mejores imágenes para ir armando el documental de su vida). Creo que es hora de que contratemos a un cuidador para que ya vuelvas a la normalidad”.

Un par de días después, mi vida regresó a ser la de antes. Ya no tenía que alimentar a Themba cada tres horas, ni llevarlo a caminar, ni dormir con él.

Me duele aceptar esto, pero la verdad es que lo abandoné. Me fui sin decirle adiós, así, como si nada hubiera pasado entre nosotros. Como si no le hubiera cantado en español todas y cada una de las mañanas mientras, con una pala, limpiaba sus enormes “gracias”. Me fui como si hubiera olvidado ese día que me senté llorando en pleno campo porque extrañaba a mi familia y amigos y Themba, con pasos tranquilos, se acercó a mí y se recargó en mi hombro, apenas poniendo su peso en mí como diciendo: “tranquila, Karla, no inventes, estás conmigo, un elefante africano bebé, ¡y un borrego!”.

Así lo dejé, como si nunca hubiera existido. A pesar de que a los pocos días regresé a verlo para darle su leche al medio día, Themba me vio y, molesto, me empujó con su trompa.

Otro dato curioso: los elefantes tienen más de 50 mil músculos en su trompa.

Luego de empujarme, levantó su cara y abrió sus orejitas como buscando pleito. Sentí miedo y él lo supo.

Themba ya no era ese pequeño trompudito que el primer día jugaba conmigo en el lodo. Ya no era ese elefantito que acariciaba mi cara con su trompa todas las mañanas para darme los buenos días (así se saludan los elefantes). Ya era un niño enojado, muy enojado porque me fui de sus días con sus noches sin decirle adiós.

En cuestión de segundos, corrió hacia mí y me aventó.

A pesar de su indiferencia, volvía a él casi diario para saludarlo y apenas me miraba. Las pocas veces que logré llamar su atención, me volvió a perseguir y me volvió a empujar, algunas veces lanzándome directo a árboles con espinas.

Y así fue durante casi dos años, hasta que llegó el 4 de febrero del 2010…

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