13 / junio / 2021 | 11:41 hrs.

Matrimonio entre peñas

Diego Prieto H.

Ahora que el señor Peña, con la bendición de Televisa, se ha sentado por fin en el sillón presidencial, vino a mi mente un relato mitológico, que hace un par de años me contó doña Macedonia Blas, mujer de la comunidad ñöñhö San Ildefonso Tultepec, en Amealco. La historia trata del matrimonio entre el cerro del Ñadó —elevación rocosa que sobresale del Cerro Grande, al sur de San Ildefonso— desempeñando el papel del esposo, y la Peña de Bernal —conocido y vistoso monolito enclavado en el semidesierto queretano— como la mujer.

Desde entonces llamó mi atención que la Peña de Bernal se ubica relativamente lejos de San Ildefonso, a más de 75 kilómetros de la peña Ñadó, en línea recta hacia el norte, en plena región otomí chichimeca del semidesierto, separada de la región ñöñho de Amealco no sólo por la distancia y las diferencias históricas y culturales, sino por el corredor agrícola e industrial que une San Juan del Río con la capital queretana.

Desde entonces ronda en mi cabeza la pregunta sobre el significado de esa boda entre cerros, pensando qué tiene que ver con la alianza (todo matrimonio es una alianza entre grupos) entre las regiones otomí mazahua del sur, y otomí chichimeca del semidesierto; las cuales fueron separadas por el avance de las haciendas que impusieron su hegemonía en las planicies que median entre San Juan del Río y Querétaro.

Ahora bien, si de acuerdo con la antropología del parentesco toda relación de alianza supone relaciones de descendencia, y toda descendencia deviene de una relación de alianza, habría que preguntarnos por la descendencia del matrimonio entre aquellas peñas.

Una respuesta podría ser que su descendencia son los otomíes como pueblo extenso, capaz de trascender a las comunidades en particular, lo que haría del relato mítico una defensa de la articulación etnopolítica entre las distintas regiones otomíes o ñöñho. Así que decidí preguntarle a Macedonia por los hijos de las peñas que se enlazaron y por qué Ñadó es el hombre y Bernal la mujer. Ella me dijo: “ora sí, de sus hijos, pus creo que las piedras chicas…, que están por todos lados” (en su definición, ñädo, es ‘piedra grande’); y me explicó también que: “dicen que el hombre es el que está allá, en el Ñadó…, que porque se mira alto y el de allá es anchito, tiene forma de mujer”. Lo cierto es que desde la cima del Ñadó se puede contemplar una hermosa vista de la planicie de San Juan, con la Peña de Bernal al fondo.

Lo que me llamó mucho la atención fue la respuesta sobre los hijos de ese matrimonio, pues en ningún caso habló de humanos, ni de otomíes o algo parecido. Para Macedonia es lógico que las piedras tengan como hijos otras piedras, de modo que no hay metáfora, sino una verdadera alianza matrimonial entre piedras grandes que engendran piedras chicas; piedras que tienen existencia vital, intencionalidad y agencia.

Así, los saberes ñöñho nos permiten cuestionar la distinción entre cultura y naturaleza, tan importante para el racionalismo occidental, pensando en una naturaleza atravesada por la cultura, por la historia y por los conflictos que caracterizan a una sociedad profundamente injusta, y a una naturaleza que no es receptora pasiva de agresiones e intervenciones destructivas, sino que da, quita y se desquita, pues integra una amplia red de reciprocidades y equilibrios.

Antropólogo

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