17 / junio / 2021 | 21:57 hrs.

Los presidentes ante los desastres (1)

Juan Antonio Isla Estrada

Graves omisiones, falta de respuestas oportunas, corrupción, indiferencia, pavor ante la magnitud de las desgracias, pero también actuaciones efectivas que, muchas veces van más allá de lo mediático, para convertirse en acciones eficaces frente a los desastres naturales, muchos de ellos previsibles.

Han servido los desastres como factores para medir la eficacia de los gobernantes y, en ocasiones, han sido el espacio oportuno para que exhiban sus dotes populistas.

Diversas han sido las reacciones de algunos presidentes ante las calamidades que sufren sus pueblos. Recordamos algunas de ellas.

Desde la oportuna presencia del presidente chileno Sebastián Piñera que casi baja a la mina para rescatar a 33 mineros, atrapados por más de dos meses a más de 6oo metros de profundidad, mostrando su interés en lo que pudo haber sido una desgracia, la cual fue seguida por la televisión mundial que estuvo pendiente del suceso. En contraste, brilló por su ausencia el Presidente Vicente Fox quien, ante la tragedia en la mina de Pasta de Conchos, Coahuila, en donde más de 60 mineros quedaron sepultados. Esta vez su silencio fue total cuando el parlanchín no perdía ocasión de hablar de lo que fuera.

Ejemplo de indiferencia fue la memorable la actitud del presidente Bush cuando un asistente se acerca al oído del mandatario, sentado en un pupitre de una escuela primaria de Florida, escuchando cómo deletreaban los alumnos una lección. Su jefe de personal, le da la noticia del segundo ataque a las torres gemelas. Bush ya estaba enterado del primer ataque (quizá hasta de la conjura), por lo que se mostraba nervioso en el salón, tanto que las cámaras lo captan con el libro al revés. Su reacción es de una indiferencia absoluta. Se queda imperturbable hasta que termina la clase.

La catástrofe del huracán Katrina que devastó a Nueva Orleans supuso una oportunidad para la empresa Halliburton, la cual había sido dirigida años atrás por el entonces vicepresidente Dick Cheney. Cuando los periodistas interrogaron a Bush en el sentido de que la compañía sería la principal beneficiaria de los contratos de reconstrucción de la ciudad destruida, hizo un gesto, muy sajón, moviendo la mano como si espantara a un insecto.

La empresa subió el precio de sus acciones e incrementó su valor en la bolsa neoyorquina. Lo terrible fue el contubernio de los principales dirigentes del poderoso país y su interés en las ganancias millonarias en la bolsa, sin importar los miles de muertos de una tragedia que, además, pudo haberse evitado.

Cuando España sufrió el ataque terrorista en donde murieron cientos de personas en el ataque al tren en la estación madrileña de Atocha, el presidente Aznar salió inmediatamente en televisión acusando a los vascos. Su reacción frívola y visceral le hizo perder las elecciones unos días después.

En México, recordamos las desgracias que se vivieron durante el mandato de Miguel De la Madrid. La primera de ellas fueron las explosiones de gas en instalaciones de Pemex en San Juanico y San Juan Ixhuatepec, poblados del Estado de México.

El incidente provocó la muerte de más de 500 personas y 2 mil personas lesionadas con quemaduras graves.

Al día siguiente del siniestro, el presidente ordenó la formación de una Comisión Intersecretarial que se dedicaría específicamente a coordinar y seguir todas las acciones de auxilio a la población afectada. Las cicatrices por las quemaduras persisten en las pieles de esos dos pueblos.

El 19 de septiembre de 1985, se registró un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter. La tragedia significó una descomunal pérdida en patrimonios, edificios dañados y según cifras oficiales la muerte de entre 6 mil y 7 mil personas, aunque fuentes serias calcularon que la cantidad ascendió, 40 mil personas heridas y alrededor de 4 mil personas rescatadas entre los escombros y 50 mil familias quedaron sin hogar.

El entonces presidente Miguel de la Madrid reaccionó tarde frente a lo sucedido. Prohibió que el regente de la ciudad Ramón Aguirre se apareciera en la zona del desastre, limitó el ingreso del Ejército a las labores de rescate y retrasó la solicitud de auxilio a la comunidad internacional.

Un hombre tan serio e introvertido, austero e inteligente, no supo reaccionar con velocidad ante la desgracia. El pánico se apoderó del titular del Poder Ejecutivo federal y ese gesto empañó la evaluación sobre su mandato.

En la próxima entrega nos referiremos a otros casos de los presidentes mexicanos enfrentados a la desgracia y cuáles han sido sus gestos.

Escritor y editor

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