Los discursos huecos del Presidente

Jesús Rodríguez Hernández

Desde los tiempos más antiguos el hombre se ha agrupado mediante cierta organización para protegerse de peligros en su entorno. La evolución de esta organización llegó a la conformación del Estado como resultado de su evolución social.

Diversas teorías y conceptos han tratado de explicar los que es el Estado. Una de estas teorías es la que hace referencia a los elementos del Estado, entre los que se encuentran elementos constitutivos que son la población, el territorio, el gobierno y la soberanía.

La soberanía es la cualidad del poder del Estado que le permite autordeterminarse y autorgobernarse libremente sin la intervención de otro poder de tal manera que el Estado soberano dicta su constitución y señala el contenido de su Derecho.

El artículo 39 de nuestra Constitución General reconoce que el poder del Estado tiene un origen popular al expresar que “Todo el poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de este”. El Estado tiene fines como crear un orden, asegurar la convivencia social, el bienestar de la nación y el establecimiento de instituciones para lograr estos fines.

Pero cada mañana escuchamos la tentación absolutista de “el Estado soy yo”. Estas palabras se le atribuyen a Luis XIV, también conocido como El Rey Sol, ante el parlamento de París en el siglo XVIII. Su voluntad era incuestionable, y se valió de tal dicho para concentrar cada vez más poder alrededor suyo. Un rey para tal fin requería de ministros cuya obediencia fuese ciega.

Quizás uno de los símbolos más representativos del reinado de Luis XIV fue el palacio de Versalles, que representaba una vida artificial y de servilismo, pues el único objetivo de quienes tenían el privilegio de ingresar al palacio era servir al rey.

¿Les parece conocido tal pasaje de la historia? Parece que estamos viviendo un déjà vu. La actitud del presidente de la República es minimizar, decir las cosas alejadas de la realidad, tergiversar, hablar con medias verdades y no hablar con transparencia de su administración.

Su mundo es el de las percepciones y el engaño. Vive en un Palacio Virreinal quejándose de tantos y tantos males que, según él, le aquejan.

Ya sabemos que el Presidente es muy proclive a traducir los temas más complejos en forma simple y de acuerdo con sus intereses. Él tiene sus propios datos para todos los graves problemas del país. Desatiende a los papás de niños con cáncer que no tienen medicinas porque dice que están manipulados por las farmacéuticas. No escucha a las víctimas de la violencia porque no quiere manchar su investidura presidencial.

No empatiza con las madres solteras a las que dejó sin estancias infantiles porque las considera instrumentos de la derecha para atacarlo, no entiende el movimiento de mujeres porque cree que están orquestando una conspiración para derrocarlo. La economía se colapsa y el Presidente se rehúsa a obtener recursos para inyectar capitales con urgencia, sobre todo para salvar empleos.

Su discurso es hueco todo se trata de él, la cuestionada obra del Metro que colapsa y fallecen varias personas, demora en ofrecer sus condolencias, le dedica apenas unos minutos en su coloquio mañanero y vuelve a su muro de los lamentos para quejarse de que la prensa es injusta con él, que es el más atacado. Es más importante su “sufrimiento” que el de quienes perdieron a un ser querido.

Pero López Obrador es un hombre que mira sin ver, oye sin escuchar, al que se le presenta una información, pero no la procesa, muestra sus limitaciones. Al ser el ejecutivo federal cree que basta la voluntad presidencial para que sus deseos se transformen en hechos. El cree que está haciendo un gran gobierno, una transformación histórica. Ese es su discurso, un discursos que no tendría por qué cambiarlo si encuentra en sus cercanos el aplauso y el apoyo.  La realidad, sin embargo, en algún momento se les cruzará.  

Expresidente municipal de Querétaro y exlegislador. @Chucho

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