21 / junio / 2021 | 20:57 hrs.

Las mil y una noches es un libro de origen persa. Se atribuye a Abu Abd-Allah Muhammad, cuentista del siglo IX. La narradora es Sherezada, hija del gran visir, quien se ofrece al sanguinario sultán Shahriar, un hombre que ha mandado asesinar a mil mujeres vírgenes. Sherezada tiene el don de narrar historias. Al apagarse el crepúsculo, ella le narra al sultán un cuento fascinante, y al llegar la madrugada aduce cansancio y propone continuar en la noche. El rey le perdona la vida, porque desea seguirla escuchando. Tres años después, vuelve la paz al reino.

Mi Sherezada se llama Lilvia Soto. Es una mujer extraordinaria, nacida en Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, cuya inteligencia le llevó a estudiar un doctorado en Lengua y Literatura Hispanas. Fue profesora en la Universidad de Harvard, donde la conocí en enero de 1984. Era una señora guapa, que se movía como pez en el agua entre profesores reconocidos en el mundo entero, con premios Nobel de varias ciencias y autores connotados.

Tuve la suerte de escucharla en una conferencia de MIT, donde estudiaba mi marido. 

Al finalizar, la felicité y me invitó a sus clases, con una sonrisa luminosa.

Con ella, aprendí sobre los textos de los cronistas de las Indias y de muchos escritores. La teoría literaria no es tan relevante como las lecciones de vida que Lilvia me ha regalado, con su generosa disposición. 

Después de una brillante carrera académica y de haber fundado la Casa Latina en la Universidad de Pensilvania, asomó a su interior como si se tratara de un pozo de agua limpia, y de él extrajo un verso tras otro. Ha publicado poemarios de su autoría y en antologías. 

Sus poemas tienen la fuerza de un hechizo, la maravilla innata de provocar con sus imágenes una alegría duradera, llena de esplendor, capaz de hacer estallar la magia en pirotecnia diminuta que trasciende la piel y se queda en la mente por varios días, palabras brillantes que se transforman en aves que vuelan por los intersticios de la memoria para sacar a luz los momentos definitorios de los encuentros fundamentales que hemos vivido.

Algunos versos son un homenaje a la música y la danza. En ellos, las palabras cantan a la belleza de los cuerpos, flores del jardín primigenio, que descubren con sus pétalos las múltiples maneras de tocarse y reinventar la ternura en un repertorio de caricias que parecieran no haber sido descritas.

Sobre su oficio, dice: “Estoy viva por el lenguaje. Mis días y mis noches se forman de palabras. Durante años escribí crítica literaria y poesía en español. Ahora he reclamado mi segunda patria: el inglés que aprendí en mi adolescencia, la lengua que me conecta con mi tatarabuelo irlandés, Miguel McNerny y con mi tatarabuelo escocés, John Johnson Lockhead Thayne”.

Sobre sus razones para escribir: “Lo esencial es diferente para cada uno de nosotros. Pensando en mis obsesiones, debo confesar que lo esencial para mí son los otros, sus sufrimientos y el triunfo, la gloria, la redención de su esencia humana. Desciendo de soldados, migrantes y agricultores. Las dos ramas de mi familia trabajaron la tierra, la tierra árida de Chihuahua. Inconscientemente, antes de pensar en estas cuestiones, mi preocupación, mi fijación al escribir ha sido la cotidianeidad del trabajo, la lucha por la sobrevivencia, los lazos familiares, las amarguras de la migración, la estupidez de la avaricia, la crueldad de los gobiernos, el deber hacia los semejantes y el rescate de la dignidad humana”. 

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