Liberen la vacuna

Miguel Carbonell

Una vez que los científicos han logrado dar con un conjunto de vacunas para combatir al COVID-19, la humanidad ha entrado en una carrera contra el tiempo. Cada día que pase va a aumentar el número de personas vacunadas, protegiéndolas de los riesgos que trae consigo el coronavirus.

Los gobiernos tienen el enorme reto de proporcionarle a la población las mejores condiciones para lograr en el más corto plazo de tiempo posible la vacunación, de forma que se alcance la llamada “inmunidad de grupo” que cortará la cadena de contagios y podrá suponer, una vez que se logre, una disminución drástica de las personas afectadas por el virus.

La logística para conseguir y distribuir las vacunas no es nada sencilla. Lo mejor sería que tanto las dependencias públicas como las entidades privadas pudieran ofrecer el proceso de vacunación. El gobierno lo debe hacer de manera totalmente gratuita y los particulares lo podrían hacer obteniendo un beneficio que fuera susceptible incluso de generar impuestos para que con lo recaudado se pueda seguir comprando más vacunas para ofrecerlas a las personas de bajos recursos. No veo que nadie pierda de esa manera y podríamos multiplicar la velocidad de vacunación.

La idea de que el gobierno tenga el monopolio de la vacunación no es el ideal, desde mi punto de vista. No solamente porque debe hacer frente a un proceso de refrigeración muy complejo para el cual no es seguro que esté bien equipado (al menos la vacuna de Pfizer-Biontech requiere de unos menos 70 grados de temperatura), sino porque es indispensable sumar el mayor número posible de recursos humanos en la aplicación del esquema de doble dosis que van a requerir la mayoría de las vacunas. Hoy es más relevante que nunca darnos prisa y remar todos juntos para salir del enorme problema en el que estamos instalados.

Hay quienes dicen que al liberar la vacuna para que los particulares puedan administrarla, las personas con más poder adquisitivo tendrían ventaja. Ese argumento creo que no se sostiene ya que el precio de la vacuna es asequible incluso para la clase media mexicana (no alcanza los 800 pesos), pero además porque el virus no distingue entre ricos y pobres: afecta a todos por igual, de modo que cada persona vacunada (independientemente de su nivel económico) supone una protección para todos los demás.

Dentro de unas semanas la capacidad de producción de vacunas será muy alta. Los laboratorios están trabajando a plena capacidad para ofrecerlas al por mayor. No habrá excusa para limitar su importación y distribución.

La liberalización de la vacuna hablaría muy bien del gobierno federal, pues implicaría el reconocimiento y el respeto de la autonomía de cada persona: quienes quieran acudir a los hospitales privados y pagar, que lo puedan hacer; quienes decidan esperar a la disponibilidad de los hospitales públicos, que lo hagan de esa manera. Nadie pierde, todos ganamos. No le encuentro ningún problema a esa lógica elemental.

El verdadero problema va a ser esperar muchos meses a que desde el gobierno se alcance un número óptimo de personas vacunadas. Según algunos cálculos, vacunando a medio millón de personas diariamente, nos tardaríamos un año en alcanzar la “inmunidad de grupo”. Esa cifra no será nada fácil de alcanzar para un país tan grande y con capacidades logísticas tan limitadas como las que tiene México. Si la cifra fuera cercana a las 300 mil personas vacunadas diariamente, nos tardaríamos más de dos años en alcanzar el umbral requerido para derrotar al virus (pensando en el esquema actual de la aplicación de las dos dosis por persona).

El tiempo apremia. Luego de tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta angustia colectiva, la gente merece un voto de confianza, para que se pueda finalmente ver la luz al final del túnel. La economía no puede esperar dos años más. Los niños no pueden seguir sin clases durante otro año escolar. Las personas necesitan salir a trabajar a la brevedad posible. Las empresas están urgidas de retomar sus actividades. Las familias necesitan volver a reunirse y poder abrazarse. Por eso es que es indispensable que el gobierno autorice a los particulares esquemas de importación y suministro de las vacunas a la brevedad.

Todos estamos en el mismo barco. No debe haber distinciones entre mexicanos. El gobierno debe hacer su tarea, pero debe también reconocer que se requiere el apoyo de todos. Solamente trabajando juntos saldremos adelante.

 

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