10/09/2019
08:53
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La autora española Susana Barragués lo define con estos versos: “El corazón es ese órgano humeante atestado de paracaidistas, / capaz de dirigir mil operaciones aeroportuarias por segundo”.

Nos lo dicen los profesores, los libros de texto y todos los videos científicos: las emociones no nacen en las aurículas y ventrículos. Ese aeropuerto de músculos estriados que bombea la sangre dirigiendo mil vuelos minúsculos al minuto para que todo el cuerpo tenga vida, es decir fuerza, no es el centro de los sentimientos ni nos fuerza a firmar un compromiso con otros seres humanos para realizar acciones que resuelvan los problemas que a todos afectan.

Sin embargo, así se siente: al vislumbrar la silueta de la persona amada, el ritmo cardiaco aumenta, se instala en las sienes para golpear el rostro al compás de tambores que tocan música primigenia. 

Al llegar a casa sentimos lo mismo. Lo dice el tango escrito en 1934 por Alfredo Le Pera, con la música de Carlos Gardel: “Mi Buenos Aires querido / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido. // Hoy que la suerte quiere que te vuelva a ver, / ciudad porteña de mi único querer / oigo la queja de un bandoneón, / dentro del pecho pide rienda el corazón”.

Así es: el corazón trota como un caballo de carreras, cuando estamos al frente de una delegación en un congreso, cuando escuchamos nuestro nombre lanzado al viento desde un micrófono. Sentimos el subjetivo batir de palmas, el aplauso interior que nos lleva a pronunciar un discurso, hablar ante los alumnos, presentar un nuevo proyecto o declarar nuestro amor, de manera torpe, con errores tiernos, a veces sin alcanzar a decir lo que anhelamos, porque las palabras siempre serán imperfectas al hablar de proyectos acariciados durante días y noches, o de los sentimientos que llenan los sueños.

Susana Barragués nació en Bilbao en 1979 y ha dedicado su vida a estudiar nuestra lengua, que no es sino sangre roja y vibrante llena de sustancia que une a los pueblos hispano-americanos, que viaja por arterias y vasos capilares para dar fuerza a los dedos que se mueven para tocar el teclado de esta computadora que convierte en letras, es decir imágenes de belleza depurada por los siglos, que llenan la pantalla con palabras para que usted y yo tengamos un momento de emociones compartidas, un instante que dice “Eureka”, una visión fugaz de miradas que se encuentran. 

Barragués continúa definiendo el órgano rojo en su poema: “El corazón tiene la propiedad de la solubilidad, y así se / disuelve en casi todo: en la leche, en el aire, en la palabra. / Las chicharras del verano, el olor a tierra mojada, / los trenes abandonados a mediodía, hinchan el corazón de gas / y movimiento, y le imprimen energía. / Todo ocurre con velocidad en los corazones incendiarios, / que se empeñan como submarinos rojos en las querencias imposibles, / en los equipajes rotos”.

La cubana Dulce María Loynaz, que mereció el Premio Miguel de Cervantes en 1992, dice así: “¿Ves?: tengo sangre / en las venas... / En estas venas / verdes, frágiles / que se enredan / como ríos de mapa entre la carne. // Tengo sangre fresca, / —¡viva!— en las venas... / ¡Tengo esta / sangre que me late / en las sienes, que arde / por bajo de mi quieta / palabra y me la llena / de luz y me la quema / sin decir! Tengo sangre: ¿no lo sabes?”

Vivir es dejar que el cuerpo sea el territorio vivo para que el corazón palpite, para el gozo infinito y vigoroso. Larga vida deseo yo para usted.

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, El arzobispo de gorro azul.

Twitter: @AraceliArdon

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