Las cuevas, el hombre, otros habitantes y la historia de la Bioespeleología en México (Quinta parte)

Dr. Juan Bibiano Morales Malacara

En esta quinta entrega sobre la historia de la Bioespeleología en México, abordaremos algunos aspectos relevantes sobre los ambientes cavernícolas y cómo llevar al cabo los estudios sobre los habitantes de cavernas.

Se ha mencionado a través de los diversos estudios realizados a lo largo de décadas -ya mencionados en otras de las entregas de ésta columna sobre el tema de la Bioespeleología- que México se destaca porque tiene una de las faunas cavernícolas más diversa que cualquier región del mundo. Esto ha sido explicado en parte porque nuestro país se reconoce como un país de cavernas, ya que prácticamente en todas las regiones de nuestro país existen recintos subterráneos muy disímbolos en cuanto origen y topografía. Destacando en particular los tubos lávicos y las zonas de kartz o zonas de calizas, donde se conforman grandes sistemas de cuevas de enormes profundidades o extensiones, como por ejemplo los sistemas interconectados por kilómetros de longitud en zonas sedimentarias de Oaxaca, Guerrero y sobre todo en la Península de Yucatán.

Pero cabe mencionar que dentro del ambiente cavernícola, los organismos que viven en estos ambientes subterráneos están expuestos a diversas variables microclimáticas, así como a la influencia o no de la poca energía lumínica, además de aportes externos e internos de flujos de energía a través de los eslabones tróficos que se establecen.

Así, podemos reconocer en general tres zonas en las cuevas: la primera zona será la de luz, que será dependiente de la orientación de la boca de la entrada de la caverna, cuyo límite corresponde a donde los pocos rayos lumínicos puedan incidir en la caverna, donde la representación de la biodiversidad cavernícola es más diversa, ya que se pueden encontrar principalmente especies trogloxenas (del Griego troglos = caverna y xenos = ajeno) o accidentales.

La segunda zona corresponde a la de penumbra, donde ya no hay influencia directa de energía lumínica, pero aún no se manifiesta en su totalidad una obscuridad extrema, donde hay todavía una ligera evidencia de variabilidad microclimática; en esta zona, la fauna cavernícola principalmente corresponde a organismos troglófilos (del Griego troglos = caverna y filos = amigo) especies frecuentes en cuevas, pero con la facultad de poder salir por sus alimentos al exterior y volver a refugiarse e incluso reproducirse en cuevas, un ejemplo en este caso serían los murciélagos (aunque éstos mamíferos también pueden incursionar a zonas profundas de las cuevas).

La tercera zona es la de total obscuridad, que representa a la o las zonas más profundas de los ambientes subterráneos, donde el microclima es mucho más estable y donde podemos encontrar tanto organismos troglófilos como troglobios (del Griego troglos = caverna y bios = vida), que representan a organismos totalmente adaptados a la vida subterránea, ya que a lo largo de millones de años de evolución se han adaptado a la total obscuridad, así como a una vida de extremas limitaciones energéticas y con un microclima muy estable, por ello, en estos animales se pueden encontrar formas ciegas o con estructuras sensoriales muy desarrolladas como patas y antenas largas, o expresar una longevidad extrema como la salamandra del género Proteus en cuevas de Francia, que puede llegar a vivir unos 90 años.

Asimismo, dentro de las cuevas, se presentan diversos biotopos (del Griego bios = vida y topos = lugar), que representan los sustratos donde se establecen las biocenosis entre organismos y su medio. Así, podemos distinguir el suelo y zonas parietales, que corresponde a la topografía física de la caverna, donde se encuentran también estalactitas, estalagmitas y otros espeleotemas, donde muchos organismos habitan, se refugian y cazan; el guano, que representa el excremento de los murciélagos y que es rico en nutrientes derivado de la alimentación de los quirópteros que obtienen del exterior de la caverna y del cual en muchos casos depende todo el ecosistema cavernícola, ya que este sustrato aporta recursos energéticos a todos los organismos cavernícolas de cada una de las biocenosis presentes en los diversos biotopos subterráneos; el agua, que cuando está presente en estos recintos subterráneos, la podemos apreciar en forma de lagos, ríos, riachuelos e incluso a través de la filtración que proviene del suelo y las rocas por encima de las cavernas, donde se pueden encontrar desde bacterias, algas (sólo en casos particulares donde aún hay alguna influencia de luz: por ejemplo cenotes) y sobre todo crustáceos y peces; y los murciélagos como un biotopo vivo, los cuales albergan una diversidad de endo y ectoparásitos, que a través de su estudio podemos inferir rutas evolutivas, migraciones e incluso variaciones intraespecíficas y delimitar zonas de riesgo medioambiental por aislamiento geográfico de las poblaciones de estos pequeños mamíferos voladores.

Pero, en general, la proporción de fauna cavernícola en un sistema subterráneo estable puede tener proporciones de biodiversidad subterránea aproximadas a 80% de especies de artrópodos; 11% de especies de protozoarios, helmintos, anélidos y moluscos; y 9% de cordados. A su vez, la proporción de endemismos es mucho mayor en sistemas subterráneos que en sistemas epígeos. Por lo cual muchas de las especies hipógeas están en una situación potencial de extinción.

Por ello, para poder abordar los estudios espeleobiológicos será siempre necesario un equipo de investigadores multidisciplinario para abarcar diferentes temáticas, que incluyen la prospección topográfica para elaborar el o los mapas, para definir la longitud, profundidad y una zonación de túneles, galerías y salones de la o las cuevas en estudio. Esto a su vez ayudará a especificar puntos de muestreo tanto de las colectas de la fauna, así como la toma de datos microclimáticos, que aborden humedad, temperatura e intensidad lumínica, además de la química espeleoatmosférica e hídrica, que representan variables de las cuales dependerán muchos de los organismos para su distribución subterránea, que en un estudio integral, nos podrá ayudar a inferir los niveles de afinidad y adaptación evolutiva a estos maravillosos recintos subterráneos.

Finalmente, podemos asegurar que a través del estudio científico de la vida en las cuevas, podemos inferir la salud de ecosistemas externos, ya que al representar recintos con extremo aislamiento, con un microclima estable y obscuridad extrema, cualquier variación se verá reflejada en los organismos que las habitan, ya que sobre todo los troglobios -al ser totalmente adaptados- son muy susceptibles a pequeños cambios microambientales, lo que nos puede dar herramientas para poder generar propuestas tanto de manejo de estrategias de restauración de sistemas subterráneos, como un eslabón hacia la conservación de sistemas externos.

Por ello, las cuevas al ser un laboratorio natural y extremadamente aislado de ecosistemas externos, a través de la ciencia de la Bioespeleología, podremos abordar problemáticas de conservación de ecosistemas subterráneos e incluso de sistemas epígeos.

Hay que insistir que es crucial que cuidemos la naturaleza subterránea de nuestro país porque es posible que de ello dependa también la salud de sistemas de recursos hídricos subterráneos, así como de ecosistemas externos que dependen, aunque no lo parezca, de eslabones energéticos, hídricos y tróficos de ecosistemas externo.

Por todo lo expuesto, es imperativo que conservemos nuestros recursos subterráneos, que son un tesoro oculto de nuestra naturaleza.

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