La vergüenza de pasar hambre | Querétaro

La vergüenza de pasar hambre

Araceli Ardón

Un millón de niños con deficiencia alimentaria debería ponernos a todos manos a la obra. Podríamos llevar cajas con envases de leche a las escuelas públicas

Tuve una vecina que daba de comer a varias personas en situación de calle. Tenía comensales fijos, como el hombre de mente turbulenta que tocaba el timbre para pedir comida. Cuando la señora Tere González de Olivares le llevaba su pedido: un arroz recién hecho, con el aroma de una cocina mexicana, un platillo que exhalaba vapor y calentaba el plato, el señor encaraba a su anfitriona mirándola a los ojos: “Usted parece una persona inteligente. ¿Qué, no mira que este arroz está pidiendo un huevo estrellado?” La hermosa Tere volvía a la estufa y freía el huevo. El cliente siempre tiene la razón.

En cada calle, en cada rincón de este planeta, hay personas que carecen de lo indispensable para vivir. No hay alimentos suficientes para ellos y sin embargo se tiran a la basura toneladas de frutas, verduras, carne, lácteos, pan, latas y frascos. Los desposeídos sufren dos vergüenzas: la de ser pobres y la de tener hambre.

Esta terrible verdad taladra mis pensamientos desde que el año pasado tuve la oportunidad de editar el libro conmemorativo de los 25 años de la fundación del Banco de Alimentos en Querétaro, mi estado.

Rodolfo Loyola Vera, presidente de este organismo, escribió: “Si vemos con objetividad el proceso de un banco de alimentos, no debería existir. En un mundo ideal, no debe haber desperdicio ni hambre. Tristemente, en nuestro México existen ambos en abundancia”.

Vamos a las cifras: en el país viven 126 millones de personas. El número de habitantes en condición de pobreza pasó de 52 millones en 2018 a 56 millones en 2020. Esto significa el 43.9% de la población total. Estos números son oficiales y provienen de la estadística de medición de pobreza, de CONEVAL. Las personas en pobreza extrema fueron 8.7 millones en 2018 y 10.8 en 2020. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición arroja cifras cercanas a un millón de niños desnutridos.

En contraste, nosotros los mexicanos trabajamos mucho. La OCDE y la OMC nos evalúan como el pueblo que labora más horas al año, en comparación con el resto del mundo.

La realidad es un poliedro, tiene varias caras que nos enfrentan a problemas no resueltos. Tú tienes tus conflictos personales, laborales, de familia o de salud. Yo a veces no concilio el sueño por pensar en situaciones como el hambre de los niños. Soy madre de familia. Conozco la importancia de la alimentación para pensar bien. Un millón de niños con deficiencia alimentaria debería ponernos a todos manos a la obra. Podríamos llevar cajas con envases de leche a las escuelas públicas. Ser voluntario o aliado de alguna institución también ayuda.

El Banco de Alimentos de Querétaro recibe apoyo de tiendas de autoservicio, bodegas de la Central de Abasto, ranchos, invernaderos y empresarios. El año pasado recibió 2 millones 438 mil kilos de alimento, que beneficiaron a más de 15 mil personas de 81 comunidades.

Hay historias de éxito: niños que comenzaron a obtener buenas calificaciones en matemáticas, ancianos que viven solos, olvidados por sus hijos, que recibieron despensas. 

Se me ocurre que tú y yo podríamos comenzar por repartir pequeños paquetes a las familias de comunidades pobres.

Total: lo único que arriesgamos es que un señor con experiencia de vida nos exija un huevo frito para coronar su plato de arroz.

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