21 / junio / 2021 | 23:35 hrs.

La memoria del corazón

Gerardo Proal de la Isla

Suena mi despertador para levantarme temprano,  cuando el sol no ha llegado, pero se anuncia  apenas comienza a despertar esta ciudad y se escucha poco a poco los trinos de aves que le rinden un homenaje al amanecer, mientras comienzan a competir con ello, el ruido de los autos que se desplazan con los padres que llevan  los hijos a la escuela o se dirigen a sus centros de trabajo para obtener el sustento diario. Poco a poco la ciudad abandona el silencio y se viste de trajín cotidiano con más y más sonidos.

Después de una breve discusión con las sábanas sobre lo maravilloso que resulta seguir enredado en ellas y reconociendo que desafortunadamente para mi, perderán la batalla de retenerme, inicio el rito diario de reconocerme en el espejo y constatar como la vida y el tiempo van haciendo de la suyas. Sin embargo, hoy les juego una trampa y bajo con cautela al corazón para despertar algunos recuerdos.

No es casual, el día previo tuve la fortuna de coincidir con la familia de dos amigos de la infancia que son hermanos, Benjamín y Medardo, y particularmente platicar con sus hermanas y su madre, Margarita Alvarez de Ocampo, quien con sus 90 años de edad y una lucidez envidiable, tuvieron a bien invitarme a la inauguración de un pequeño restaurante de comida casera y sobre el cual les deseo el mayor de los éxitos, ya que significa esa apuesta que hacemos muchas familias cuando emprendemos aventuras de negocio con el deseo de que prosperen y al tiempo tengan éxito y resulten una oportunidad de lograr la independencia económica. Así inician, casi siempre, los sueños que al tiempo se convierten en valiosas realidades.

Hablamos de cuando nos conocimos en la infancia y siendo vecinos convivimos muchos años, hasta la preparatoria y cuando entramos a la formación de la carrera profesional, cada uno emprendimos viajes y rumbos distintos que nos separaron físicamente, pero sin dejar de encontrarnos al paso de los años. Ellos vivieron también en la calle de Allende, entre Madero y 16 de Septiembre, en donde están ubicadas las oficinas de Telégrafos Nacionales. En aquellos años dicha casona fue bodega de material de telégrafos y tiene una rica historia cultural y religiosa, ya que fue hospital de convento perteneciente al ex convento de Santa Clara y particularmente ligada con lo que hoy es el templo de San José de Gracia.

Recuerdo las muchas historias y leyendas que escuchábamos de niños en aquel lugar sobre la presencia de espíritus de monjas y no era sencillo para chamacos de 9 o 10 años de edad digerir aquellas narraciones que hoy recordamos con el sentimiento del tiempo que no regresará y con la emoción que sin duda despertaba en nosotros, más aún en el lugar propio de los acontecimientos.

Platicamos de nuestra juventud y de las muchas experiencias que compartimos juntos al paso de los años con amigos comunes y sobre los tantos y tantos eventos que nos fueron formando conviviendo cotidianamente en tres casas de vecinos en las cuales fuimos creciendo con la compañía de nuestros padres y hermanos. Nuestro entorno era el centro de la ciudad y ahí nos movíamos a lugares com San Agustín, donde fuimos monaguillos, al cine cada domingo a la matinée, al Instituto Queretano y a muchos espacios más que los hicimos nuestros.

Regreso a mi imagen en el espejo y a los recuerdos de infancia que se despertaron junto conmigo. Llegaron a mi mente muchas personas con las que coincidimos en un Querétaro de hace casi medio siglo, maestros, sacerdotes, compañeros trabajadores del negocio familiar, personajes del centro histórico y más. Fui repasando cada uno de los recuerdos y para cada uno de las personas y eventos hay una buena dosis de gratitud, uno de los valores que sin duda fortalecen el sentido de la vida misma y de la convivencia que necesariamente debemos construir quienes habitamos una ciudad como la nuestra. Por eso entiendo que la gratitud es la memoria del corazón. Hoy día, siguen ahí, formándose historias y recuerdos para niños y jóvenes de hoy, con padres como los nuestros.

Aún hay lugares maravillosos para darle vida a las leyendas e historias que construyen las familias y los amigos, eventos que pueden llevarnos de viaje en el tiempo llenos de gratitud, en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

 

Comentarios