La influencia del hombre en los grandes desastres volcánicos

Dr. Gerardo Carrasco Núñez

Es bien conocida la premisa que afirma que los desastres naturales no existen, que son en realidad situaciones ocasionadas por la mala planeación del ordenamiento territorial en donde el hombre, atraído por la necesidad de encontrar tierras fértiles para la agricultura y/o abundancia de recursos naturales como el agua, ha desarrollado asentamientos en sitios que resultan inapropiados para residir por el riesgo que corren al ser amenazados por diferentes fenómenos naturales, como son los sismos, los volcanes, los deslaves, las inundaciones, etc.

 

A continuación, se expone uno de los casos más trágicos en los que la influencia del hombre fue determinante para provocar una catástrofe de grandes dimensiones. Apenas a dos años de distancia de haber ocurrido una de las erupciones más impresionantes de los últimos años, la del volcán Santa Helena en los Estados Unidos, tuvo lugar la erupción del volcán Chichón o Chichonal en el estado de Chiapas, en 1982. Es increíble, pero apenas unos años antes de esa erupción se desconocía totalmente que el Chichón era un volcán; esto debido a que presentaba la forma de una protuberancia rodeada por lomeríos, morfología que era diferente a las formas cónicas típicas que caracterizan a un volcán.

 

Evidentemente, no existían antecedentes sobre su actividad en el pasado, ya que este volcán había permanecido dormido por más de 500 años y, por tanto, no existía ningún registro de su actividad en el pasado, ni mucho menos se había instalado algún tipo de monitoreo, como los que hoy en día se tienen en los volcanes activos como el Colima o el Popocatépetl, que toman el pulso de su actividad de manera permanente, las 24 horas del día. Es así como apenas unos cuantos meses antes del gran evento, en los alrededores del volcán se comenzaron a observar una serie de manifestaciones volcánicas, en forma de pequeños temblores, actividad fumarólica y ascenso de temperatura, que comenzaron a intensificarse en las semanas previas al evento mayor.

 

Ante este panorama amenazador se procedió a realizar la evacuación de numerosas comunidades en las cercanías del volcán de manera preventiva a una posible reactivación. Sin embargo, ante la presión de las autoridades por definir si ya había pasado la contingencia volcánica, debido a los altos costos que representaba sostener por más tiempo el estado de evacuación, así como también a la problemática social asociada, se solicitó que se reevaluara si era necesario continuar con ese plan de emergencia, para lo cual y a falta de elementos científicos que lo soportaran, un grupo de asesores aseguró que el volcán regresaría a su estado de reposo y que por tanto la población podría regresar a sus comunidades sin ningún problema.

 

Días más tarde el volcán se reactivó con mayor fuerza culminando en un secuencia de erupciones explosivas que formaron violentos flujos de ceniza que se expulsaron con gran violencia a varios kilómetros a la redonda del cráter, ocasionando la trágica muerte de más de 2000 personas. Con estos registros, la erupción del Chichón del 1982 se ubica como la peor catástrofe en tiempos históricos asociada a un volcán en territorio mexicano.

 

Existen otros ejemplos de tragedias asociadas a erupciones volcánicas que muestran nuevamente los problemas de comunicación que comúnmente han existido entre científicos, autoridades de protección civil y órganos de gobierno, que son quienes al final se encargan de la toma de decisiones sobre el manejo de una emergencia.

 

En el caso del Nevado de Ruiz en Colombia, en 1985, luego de un notable incremento en la actividad volcánica, cuyos signos premonitores sugerían altas posibilidades para la reactivación explosiva de ese volcán, se logró elaborar en apenas unos cuantos días, un mapa de peligros que señalaba las áreas susceptibles de ser afectadas por una erupción, y luego del inicio de la actividad en la cima del volcán, los científicos a cargo advirtieron, apenas unas horas antes, de la inminencia de un evento explosivo, que fundiría el casquete de hielo de la cumbre del volcán, y con ello daría lugar a la formación de flujos de lodo, inundando las partes bajas del volcán.

 

Aunque la señal de alerta emitida por parte del grupo científico recientemente conformado para atender esta contingencia llegó a tiempo a las autoridades de protección civil y aun cuando la gente de las comunidades amenazadas se encontraba ya preparada para evacuar en el momento en que fuera necesario, la orden de las autoridades de gobierno nunca se dio, quienes en su momento criticaron al mapa de peligros como un documento alarmista. Unas horas más tarde, el tiempo que le tomó a los flujos viajar por cerca de 70 km del cráter, la ciudad de Armero fue prácticamente borrada del mapa y más de 22 000 personas murieron, debido a la negligencia de las autoridades colombianas.

 

Otro caso extraordinario fue la erupción del Monte Pelee, en la isla de Martinica de las Antillas menores, en 1902. Después de la reactivación explosiva del volcán, que estuvo acompañada por una intensa actividad sísmica, hacían inminente una gran explosión, por lo cual el gobierno de Francia que en aquél entonces ejercía el control político de esa isla, impidieron que se ejecutaran los planes de evacuación de la isla, en virtud de estaban por llevarse a cabo apenas unos días después elecciones políticas y es por ello que decidieron aguantar la ejecución de cualquier plan de evacuación hasta ese día, sin saber que esas elecciones nunca se llevarían a cabo y que más de 28 000 personas perderían la vida.

 

Es importante señalar que todas estas catástrofes fueron indudablemente el resultado de la participación del hombre o más bien de su ausencia de participación o negligencia, más que en sí por el fenómeno natural propiamente dicho.

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