La educación de Calderón

Emilio Zebadúa

En el sexenio del presidente Felipe Calderón (2006-2012) los resultados en PISA aumentaron en todos los rubros: matemáticas (419), lectura (425) y ciencias (416). A la vez, aumentó la cobertura en matrícula escolarizada, la tasa de terminación de la educación básica y el índice de eficiencia terminal, y se redujo el índice de deserción. En su VI Informe de Gobierno, Calderón pudo decir que; “durante los últimos seis años se presentaron menores índices de rezago en todos los niveles educativos (alfabetización, primaria y secundaria).”

Pero la calificación al trabajo educativo de un gobierno —en el marco de la competencia global— no puede ser sólo cuantitativa ni lineal (a pesar de los avances en PISA, todos los resultados están abajo del promedio de la OCDE, 496, 493 y 501, respectivamente. Y México ocupa el último lugar en la tabla de los países miembros de la OCDE y el número 50 de 66 evaluados con PISA). Para ser más competitivos en el mundo, los alcances de la política educativa deben ser mucho más ambiciosos, y deben girar en torno al concepto operativo de “calidad”.

Y, en este sentido, el balance de la administración del presidente Calderón es desfavorable. A lo largo de todo el sexenio, la educación nunca fue una prioridad para el gobierno. Y a través de tres secretarios de Educación sin antecedentes en la materia —Josefina Vázquez Mota, Alonso Lujambio y José Ángel Córdova—, la política educativa se improvisó. Nunca hubo un plan integral y las mejores ideas las tomó prestadas o del SNTE o de la OCDE. Y luego ni siquiera las aplicó consistentemente.

Bajo los parámetros del modelo educativo tradicional (desde los 40, renovado en los 70 y otra vez en los 90) los logros en la educación tenían dos o tres dimensiones estratégicas —cobertura, valores, conocimientos básicos, entre ellos—. Pero en el marco de la globalización (décadas de 1990-2010), la educación tiene nuevas variables e indicadores internacionales. El cambio actualmente tiene que ser cualitativo en todos los aspectos del sistema educativo o, sencillamente, no habrá mejora significativa.

Por ello, una revisión de los tres ejes que son indispensables en la modernización de la educación de México muestra la falta de resultados (y de plan, siquiera) de la política del presidente Calderón. Estos ejes son: 1) una política tecnológica, 2) la racionalidad del gasto educativo y 3) la eficiencia en el sistema de formación de los maestros.

Tecnología: si se tuviera que elegir una sola variable para elevar la calidad educativa de un país, sería la introducción de computadoras más cobertura de internet más contenidos pedagógicos idóneos. El desperdicio cuantificado en Enciclomedia (cancelada por la SEP) y la indefinición sobre HDT son ejemplos muy costosos de la falta de una política congruente de largo plazo.

Presupuesto educativo: el gasto en múltiples programas educativos etiquetados con nulos resultados, la distribución irracional de los recursos del FAEB y el peso excesivo de 33 burocracias ha resultado en un sistema administrativo incapaz de llevar adelante una reforma estructural-de-sí-mismo.

Formación de maestros: impulsada por muchos (OCDE, empresarios, ONG) como el elemento esencial de la calidad educativa, el gobierno adoptó esta política (en forma desproporcionada y distorsionada), pero ni así la llevo a cabo en sus propios términos. Nunca elaboró un programa integral y prefirió quedarse con medidas aisladas y sonoras como un nuevo esquema de ingreso a la profesión y la evaluación “universal” de los maestros. Al final, seguimos en la misma posición sin un programa(s) integral y funcional para la capacitación docente.

Bajo ningún criterio se puede concluir que el gobierno desarrolló una política educativa exitosa. A lo más, quedan las propuestas contenidas en el Acuerdo 592 de la SEP o la Alianza por la Calidad Educativa. Pero el país enfrenta todavía, seis años más tarde, el reto de la calidad educativa sin haber invertido en un plan que, al menos, estableciera la plataforma para el cambio en un futuro cercano.

Doctor por la Universidad de Harvard, presidente de la Fundación SNTE

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