La cosa católica

Jaime Septién

Estoy poco enterado de si hubo reacción entre el priísmo y la masonería mexicana por el hecho de que Enrique Peña Nieto haya sido el primer presidente emanado de ese partido político que escuchó misa. Tampoco sé si causó escozor que le haya regalado al papa Francisco un solideo. Lo hubiera hecho alguien de otro partido y Troya sería un juego de niños.

Quizá haya cambiado de punto de mira la crítica, bajo el influjo indudable del papa Bergoglio. No lo creo. Más bien pienso que al tomar un presidente como Enrique Peña Nieto el camino de Roma (y Palacios Alcocer el del Vaticano), los francotiradores del antiguo régimen se han quedado sin municiones. El “nuevo” PRI les quitó el discurso de la boca.

Por más que Peña Nieto haya tratado de matizar su encuentro con el Papa —por más que haya hablado de coincidencias entre la Iglesia de y para los pobres de Bergoglio y la cruzada que ha emprendido, con Rosario Robles, en contra del hambre—, lo cierto es que no pudo ocultar: 1) que le simpatiza mucho el nuevo Pontífice. 2) que ha descubierto que “la cosa católica” en realidad no es sinónimo de oscurantismo, como les habían dictado al oído los apólogos del jacobinismo, sino de paz y de progreso.

Ha tenido que pasar siglo y medio, desde la Reforma, para erradicar (un poquito) el inútil resquemor que los gobiernos oficiales y oficiosos (los dos del PAN anduvieron muy timoratos) han cultivado con tesón digno de mejores causas en contra de la Iglesia católica. Y han dejado ir miles de oportunidades de trabajar uniendo fuerzas por aquellos que la pomposa jerga burocrática llama “grupos vulnerables”. Por ejemplo, con los migrantes de aquí y con los centroamericanos, con los adultos analfabetas, con los indígenas, los ancianos, los discapacitados, los niños abandonados, las jóvenes embarazadas, etcétera.

Hay un pasaje de la vida de nuestro gran Alfonso Reyes que me llena de emoción haberlo descubierto (bueno, lo descubrió como tantas otras cosas sabias y buenas, Gabriel Zaid) y también de coraje por la pérdida que significa para México lo dicho por Reyes. Estando en Cuernavaca, en 1949, le envía un soneto a Gabriela Mistral, un soneto que habla de su sentimiento religioso. Mistral le manda decir lo mucho que le gustó. La respuesta de don Alfonso es impactante: “Me alegro de que le agrade la intención de aquel soneto. Aquí no puede decir uno lo más íntimo, porque todo se mancha de política; y eso sí que no quiero”.

No voy a proponer que Reyes sea candidato a santo. A su muerte, 10 años más tarde, prohibió al sacerdote (cosa que no sucedió con otros grandes menos apocados, como Borges). Es, sí, un paradigma de la estupidez que nos ha asaltado por décadas, por siglos. Gente que pudo haber restañado la tundida identidad mexicana, tuvo que expresarlo en secreto, en las catacumbas de la vida pública, no fuera a ser que lo tacharan de “mocho”. O de conservador, o de meapilas

Y entonces, uno no se va de embajador, de diputado, de director de una escuela pública. Para ir ahí, uno tiene que confesarse liberal. Libre de toda fe, excepto la fe en la bandera, el partido, el legado de Juárez, el legado de Arteaga (¡vaya matón!) o el del pacífico y tenue de don Saturnino Osornio. Todas esas moralejas valen más que la fe en Cristo, que es lo que la Iglesia —incluido el papa Francisco— proclama desde hace dos milenios.

Periodista y editor

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