La cantera mojada

Gerardo Proal de la Isla

 Al momento de sentarme a escribir esta columna, la lluvia comienza a caer sobre una parte de la ciudad, lo hace de una manera breve, pero caprichosa por la presencia del viento. Mientras escucho música suave, como para tratar de disfrazar esa nostalgia que nos sigue acompañando esta temporada incierta y difícil. Sin embargo, para nuestra ciudad, la suavidad de la lluvia es un pequeño alivio no obstante su histórica incapacidad de asimilar los aguaceros torrenciales que causan tantos daños para muchos de sus habitantes. En realidad, la ciudad mojada adquiere una belleza singular y propia cuando las nubes impiden ver el ocaso de la tarde. Es entonces que la bella dama decide maquillarse de luz artificial que se multiplica en la cantera mojada. Lo hace para recordarnos que a pesar de todo, la vida transcurre y sigue adelante para quienes a base de cuidados extremos se defienden del enemigo invisible que aún continúa cobrando vidas. Otros, logran evitarlo con un poco de suerte enfrentando los retos presentes y futuros.

La cantera que viste el Querétaro de antaño se obtiene en bancos del material ubicados en algunos municipios como El Marqués y Pedro Escobedo. Existe una gran tradición para sus procesos, algunos de ellos hoy mejorados por el uso de maquinaria y el desarrollo de nuevas técnicas para su corte. Nuestro Centro Histórico se destaca por su uso en calles y guarniciones. A pesar del uso de otros materiales, resulta siempre conveniente seguir utilizándolo en algunas zonas que gracias a la misma han adquirido una personalidad propia en el transcurso de tantos años. Para muestra tenemos el Acueducto, con sus 74 arcos y sus mil 300 metros de longitud sumando sus canales. Fue construido con cantera rosa y mampostería, mismo que en el año de 1735 permitió que la ciudad recibiera sus primeras dotaciones del vital líquido en la caja de agua de la plazuela de La Cruz y fue hasta 1738 que la obra se declaró concluida al surtir algunas fuentes distribuidas en la zona urbana de entonces. Un arco más se abrió en 1919 para prolongar la avenida de Los Arcos. Esta obra es y seguirá siendo un símbolo del esfuerzo y del trabajo bien realizado en beneficio de los habitantes y un orgullo para quienes somos queretanos por nacimiento o por decisión. 

En la comunidad de Escolásticas, en el municipio de Pedro Escobedo, el uso de la cantera se ha especializado en el talento transmitido por un par de generaciones para el labrado de figuras y esculturas que han merecido el reconocimiento de muchos para una actividad que ha permitido detonar un medio de vida con el aprendizaje, no solo de un oficio, sino de una destacada expresión artística en manos de su gente.

Tal vez porque la han hecho suya y por muchas otras razones, la cantera se ha ganado un importante lugar en tantas ciudades del mundo, incluida la nuestra. Pero también debe ser por esa magia que ocurre cuando la lluvia la moja y le da esa expresión que nos conmueve y que nos recuerda que la constancia mostrada en ella al paso del tiempo, hace que la gente recuerde que los valores como el esfuerzo y el orgullo unidos con la capacidad de continuar firmes hacia adelante, nos permiten embellecer la vida aún en los momentos más adversos. Recordar datos históricos es interesante para enriquecer el conocimiento, pero hay momentos donde prefiero pensar en los susurros de la lluvia breve, con los que las ciudades y su cantera pretenden alegrarnos la nostalgia que se vive hoy día en el mundo y en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

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