10/11/2019
06:44
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Cuando uno decía “El Muro”, hablaba del Muro de Berlín, no había otro. Por desgracia hoy en día hay otros Muros y el presidente del país vecino no ceja en su intención de completar el muro entre EU y México.

El Muro cayó en 1989, hace justo treinta años. Cayó sin batalla ni asalto. Dos hombres son los que tocaron la diana decisiva, un polaco, Karol Woytila, “a” Juan Pablo II, un ruso, Mijaíl Gorbachov, que, en sus memorias (1996) se atribuyó el mérito. A la hora de su renuncia, el 25 de diciembre de 1991, Gorbachov se despidió con un noble discurso. Entresacó unas frases: “Una obra de importancia histórica se realizó. El sistema totalitario que privó al país de la posibilidad que hubiera tenido hace mucho de ser feliz y próspero, ha sido liquidado. Se abrió la vía de las transformaciones democráticas. Las elecciones libres, la libertad de la prensa, las libertades religiosas y el multipartidismo se han vuelto realidad. Los derechos del hombre son reconocidos como el principio supremo”.

La iniciativa vino de Moscú. Gorbachov quería extender la perestroika a las democracias populares; a finales de 1987, el KGB ofreció su ayuda a los dirigentes de Solidarnosc en Polonia. 1989 fue el año del despertar de las naciones en Europa central y en la URSS. Las elecciones soviéticas de marzo, las primeras desde 1918, se dieron en ese marco prometedor; las elecciones polacas de junio, con el triunfo de Solidarnosc, anunciaron el fin. Los dirigentes chinos lo entendieron en seguida y pusieron fin a la Primavera de Pekín, sin hacer caso a Gorbachov que aconsejaba paciencia, con la matanza de la plaza de Tiananmen.

Como no hubo un Tiananmen soviético, la cadena se rompió por su eslabón más débil, las democracias populares, y primero en Polonia. Gracias a la victoria polaca, Hungría, Checoslovaquia, la República Democrática Alemana, más conocida como Alemania del Este, se precipitaron por la brecha abierta. El 9 de noviembre cayó el Muro, luego, en diez días, triunfó la “Revolución de Terciopelo” en Praga; en diciembre, en condiciones oscuras, fusilaron en Rumania al “genio de los Cárpatos”, Nicolae Ceaucescu y su esposa. “El Otoño de los Pueblos” de Europa central significaba la liquidación del antiguo sistema de poder edificado por la URSS y anunciaba también la desaparición de la URSS. Un líder nacionalista ucraniano se angustiaba: “no hay fuerza capaz de detener la caída del imperio. La pregunta es: ¿vendrá políticamente el cambio pacífico, o acabará en sangre?”.

Tampoco fue el “Fin de la Historia”. Los países que salieron del comunismo enfrentaron dificultades económicas, sociales y políticas. Caer sin paracaídas —y fue una verdadera caída— en la economía de mercado, pasar del Estado/Hermano Mayor al Estado supuestamente democrático liberal, costó sudor, lágrimas y sangre, algo que no había anunciado ningún Churchill. Sufragio universal y elecciones libres no compensaban la ausencia de tradiciones democráticas y las graves dificultades económicas y sociales no tardaron en devolver el poder a los antiguos comunistas, reformadores o no. Eso explica la derrota muy simbólica del legendario Lech Walesa, en las presidenciales polacas de 1995, frente a un ex comunista.

Antiguos dirigentes comunistas, para conservar el poder, abrazaron un nacionalismo cerril que provocó la explosión de los Estados multinacionales: la URSS reventó en quince repúblicas y tanto en el Cáucaso como en Asia Central se multiplicaron los conflictos interétnicos que desembocaron en guerras. La Federación de Yugoslavia estalló en seis repúblicas que se enfrentaron en terribles guerras donde predominó la “limpieza étnica”, rayando el genocidio. Sin consultar a sus pueblos, los dirigentes de Checoslovaquia decidieron la disolución de la unión: menos mal, la creación de una república checa y de una república eslovaca no costó una sola vida humana. A la distancia, la caída del Muro deja pensativo.

 

 

Historiador

 

 

 Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

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