Ir a María es fortalecer a la familia

Gonzalo Guerrero Renaud

“La familia constituye la gran “riqueza social”, que otras instituciones no pueden sustituir, que debe ser ayudada y potenciada, para no perder nunca el justo sentido de los servicios que la sociedad presta a sus ciudadanos.” (papa Francisco, 6 de julio de 2015, Guayaquil, Ecuador)

El tema de la familia será uno de los principales a reflexionar en la peregrinación de Querétaro al Tepeyac a la que hoy se suman miles de varones de la capital, por lo que me parece importante recordar las palabras que dijo el Papa con relación a esta institución en su reciente visita a Sudamérica.

El pontífice tomó como base el pasaje del evangélico de San Juan de las bodas de Caná en el que a la familia de los novios se les acaba el vino y Jesús, por intercesión de María les ayuda, realizando su primer signo portentoso, transformando agua en vino.

Las bodas, la formación de una familia, refleja nuestros intentos por hacer que nuestro corazón logre asentarse en amores duraderos, en amores fecundos y en amores alegres, en los que debemos dar un lugar a María, “la madre”, como lo dice el evangelista.

Comenta el Papa que María está atenta a las necesidades de los demás. “No se ensimisma, no se enfrasca en su mundo, su amor la hace ‘ser hacia’ los otros”. No busca la crítica sino la forma de ayudar, con discreción. Se da cuenta de que ya no hay vino, que es signo de alegría, de amor, de abundancia. En muchos hogares hace falta alegría, amor, abundancia y no tomamos en cuenta que ahí está María, atenta y solícita para ayudarnos.

“Ella nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios… La familia es una escuela donde la oración también nos recuerda que hay un nosotros, que hay un prójimo cercano, patente: que vive bajo el mismo techo y que comparte la vida y está necesitado… Las palabras (de María) ‘Hagan lo que Él les diga’, dirigidas a los que servían, son una invitación también a nosotros, a ponernos a disposición de Jesús, que vino a servir y no a ser servido. El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos, por amor, servidores unos de otros.”, dijo el Papa.

Su santidad, desde el inicio de su pontificado, insistido en que la sociedad debe ser incluyente. En esta ocasión insistió en este punto:

“En el seno de la familia, nadie es descartado, todos valen lo mismo, me acuerdo que una vez a mi mamá le preguntaron: ¿A cuál de sus cinco hijos (nosotros somos cinco hermanos), quería más? Y ella dijo: “como los dedos… si me pinchan este, me duele lo mismo que si me pinchan este (otro). Una madre quiere a sus hijos como son y en una familia los hermanos se quieren como son, nadie es descartado”.

En la familia se aprende a pedir permiso… a decir “gracias”, a dominar la agresividad o la voracidad. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea.

La familia es el hospital más cercano… es la primera escuela… es el grupo de los jóvenes, es el mejor asilo para los ancianos... es la Iglesia doméstica que, junto con la vida, encauza la ternura y la misericordia divina… En la familia la fe se mezcla con la leche materna: experimentando el amor de los padres se siente más cercano el amor de Dios.

La peregrinación guadalupana es una magnífica oportunidad para unir nuestra oración y nuestras acciones para el fortalecimiento de la familia.

Analista. @ggrenaud

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