Ignorancia | Querétaro

Ignorancia

Araceli Ardón

Hasta hace pocos años, los niños curiosos eran reprimidos. No se les permitía escuchar conversaciones de adultos.

Hasta hace pocos años, los niños curiosos eran reprimidos. No se les permitía escuchar conversaciones de adultos. Todo lo relativo al sexo era tabú. Se les prohibía salir de casa o leer libros, ver películas o buscar mediante experimentos la verdad detrás de situaciones muy simples: ¿cómo funciona este aparato? ¿por qué hace daño esta sustancia? ¿qué pasa si mezclo estos elementos? Padres y abuelos se sentían mejor si el niño era tranquilo, no metía las narices donde no debía y no hacía preguntas incómodas.

El resultado de esta docilidad es la ignorancia. Si caminamos por el sendero acostumbrado, nunca sabremos qué hay más allá de la orilla. Para alcanzar el conocimiento, un ser humano debe preguntar, investigar, caer y volver a levantarse. Hay que sentir y probar para tener experiencias que puedan dar respuesta a nuestras dudas. 

Nunca como ahora tenemos tantas herramientas para salir de la ignorancia. Sin embargo, no las aprovechamos. Usamos los dispositivos móviles para enviar mensajes y fotos, y con poca frecuencia hacemos una investigación que nos ayude a entender lo elemental sobre el mundo en que vivimos: cómo son los países que lo forman, los grupos étnicos, sus culturas, valores, música, literatura, arquitectura e invenciones.

Los profesores buscan mil maneras de motivar a los estudiantes para que investiguen, retengan datos, sepan emplearlos y los vinculen con conocimientos prácticos para vivir mejor. De eso se trata: de tener vidas más ricas. Tener conocimientos sobre un tema nos permite opinar con mayor certeza, tomar decisiones más adecuadas y  comparar mejor. 

Hay muchas causas de la ignorancia. Se cree en sociedades machistas que la mujer, entre más ignorante, es más atractiva. “A los hombres no les gustan las muchachas inteligentes; finge que no sabes nada, para que él no se sienta incómodo”, fue el consejo que escuché mil veces cuando era jovencita. En ese tiempo la ignorancia estaba muy cercana a la inocencia, la inocencia a la pureza, la pureza a la bondad, la bondad al cielo. Una mujer ignorante era linda. Una chica lectora o estudiosa significaba un problema para los padres: ¿quién la iba a querer? ¿con quién podría casarse? El viejo refrán cuestionado por Rosario Castellanos: “Mujer que sabe latín, no tiene marido ni tiene buen fin”.

Las dictaduras, los gobiernos tiránicos, prefieren sin duda una masa ignorante a un pueblo culto o experto en varios asuntos. Para comenzar, los individuos con ciertos conocimientos son exigentes: piden justicia, demandan servicios, cuestionan declaraciones. Ponen en la balanza pública los actos de los gobernantes. Son más difíciles de manipular.

José Ortega y Gasset dice en su obra ¿Qué es filosofía?: “El hombre es la insuficiencia viviente. El hombre necesita saber, percibe desesperadamente que ignora. Esto es lo que conviene analizar. ¿Por qué al hombre le duele su ignorancia, como podía dolerle un miembro que nunca hubiera tenido?” Este libro fue publicado en 1929 como texto de la Universidad de Madrid. Más tarde, durante la Guerra Civil Española, Ortega tuvo que enseñar en un teatro y su cátedra se volvió itinerante. En los años de la dictadura de Franco, Julián Marías tuvo que exiliarse, tomó esas lecciones de Ortega y las analizó en universidades de Inglaterra y Estados Unidos. Ortega tiene una prosa clara, sus conceptos están al alcance de todo mundo. Su corriente filosófica es el vitalismo, es decir, la vida es el centro de cualquier investigación filosófica.

Nikolaj Nottelmann considera tres tipos de ignorancia: la factual (desconocimiento de los hechos), objetual (de objetos) y técnica (de la forma de hacer algo).

Todos somos ignorantes. Cualquier niño de nueve años maneja mejor que su padre los controles remotos, dispositivos móviles, cámaras y otros artilugios electrónicos. Lo que no tiene es la experiencia del conocimiento que viene de la reflexión. Los padres han vivido en el dolor y el gozo, pero no necesariamente aprenden de estas vivencias. Los prejuicios distorsionan la percepción de la realidad. La rutina tampoco ayuda: tendemos a repetir acciones que antes daban buenos resultados, a sabiendas de que ya no son útiles. Somos ciegos de muchas maneras, porque no queremos ver la realidad en toda su magnitud, en todas sus facetas. Nos ponemos un antifaz sobre los ojos, creyendo que así podremos ver bien.

Hay también una ignorancia que no tiene remedio: imposible saberlo todo. Esto se vuelve más evidente al final de la vida. Nuestro querido Alejandro Aura, invadido por el cáncer, escribió en 2008 su último poema, titulado “Despedida”: “Lo que queda no hubo manera de enmendarlo / por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo / ya estaba medio mal desde el principio de las eras / y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse / a deshacer el apasionante intríngulis de la creación, / de modo que se queda como estaba, con sus millones, / billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano / esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos / y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver”.

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