Hotel Mirabel

Luis de la Macorra

Pasamos del lobby al restaurante. No había nadie que recibiera  a los huéspedes,  pero encontramos varias mesas vacías. Nos sentamos y un mesero nos ofreció café americano. Como en todos los hoteles, había desayuno a la carta y bufete

Ayer invité a mi amigo Juan a desayunar al Hotel Mirabel. Llegamos al lugar y nos estacionamos abajo, es un sitio cómodo pero un poco chico. Si se llena el hotel, no sé  cómo le harán los últimos huéspedes que arriben para estacionarse.

Pasamos del lobby al restaurante. No había nadie que recibiera  a los huéspedes,  pero encontramos varias mesas vacías. Nos sentamos y un mesero nos ofreció café americano. Como en todos los hoteles, había desayuno a la carta y bufete. 

Juan ordenó un omelette de queso; yo, tal como me gusta, me levanté a disfrutar del bufete. Había una buena selección de frutas y jugos. Me serví de todo un poco y me fui a sentar. 

Después pase por el platillo principal, elegí enmoladas, chilaquiles, huevos revueltos a la mexicana, huevos revueltos en salsa de chile pasilla,  frijoles de olla y para acompañar mi café, dos piezas de pan dulce. 

Pensé: “¡Qué raro!”, porque no había chicharrón en salsa verde, siempre hay. Me fui a sentar. Llegó el  omelette de Juan, y se veía muy bien, pero la sirvieron solamente con frijoles refritos, como que le faltó algo más como acompañante, algo verde…

Platicamos sobre el hotel. Yo acababa de venirme a vivir a Querétaro cuando se inauguró, en  1980. En aquel entonces era uno de los dos o tres mejores hoteles en la ciudad.

Enfrente de la Alameda,  un lugar ideal.  

En las últimas dos décadas se han construido como 35 hoteles nuevos. Varios tipo boutique en el centro de la ciudad y muchos con alberca. Sin embargo, el hotel Mirabel sigue siendo un buen sitio para hospedarse, es familiar, con precios accesibles y buen servicio.

Cuando éramos chicos, el padre de Juan trabajaba con mi papá. Fue entonces cuando nos conocimos. Nosotros teníamos una casa en San Rafael, Estado de México.

Recuerdo que las vacaciones de las escuelas eran en diciembre y enero, y siempre pasábamos esos días en San Rafael. 

Generalmente los hombres invitábamos unos tres o cuatro amigos y mis hermanas también a varias de sus amigas para pasar las vacaciones con nosotros, y lo que más nos gustaba era hacerles travesuras a las chicas.  

Les poníamos chile en los cepillos de dientes, azúcar en las camas, pero lo que más nos  divertía, porque las asustaban, era meterles lagartijas en las camas. Eran épocas muy divertidas.

Nos sirvieron, sin problemas,  tres tazas de café. Ya la última la acompañamos con una pieza de pan dulce, frío pero bueno. Pedimos la cuenta y la buena noticia es que el desayuno no estaba caro, más bien barato. 

Así lo calificamos

Juan y yo nos concentramos para evaluar la experiencia, como acostumbramos y coincidimos.

  • La recepción, no había, 7 
  • El ambiente, sencillo familiar, bien, 8 
  • Las instalaciones, bien,  8  
  • La comida no estuvo excelente, 
  • pero bien, 8  
  • El servicio  sólo bien, 8
  • La cuenta, más bien barato, muy
  •  bien, 9
  • Promedio 8, sólo recomendable

*Luis de la Macorra es amante de la buena comida

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