08/10/2019
09:30
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En los años del acné y las primeras afeitadas, son millones de hormigas microscópicas que provocan un cosquilleo a la altura de las rodillas, que sube por las piernas y llega a sitios privados, ocultos a la vista de otros. Más adelante son cambio en el umbral del dolor, que nos hace soportar de buen ánimo los golpes de una enfermedad. 

Desde el inicio de la vida, en el momento del parto, el ser humano recibe estos influjos químicos, siente su efecto en el cerebro y comienza a desarrollar su mente, es decir, las funciones de la memoria, la imaginación, la capacidad de crear pensamientos, la creatividad, el entendimiento, la emoción, la voluntad, el aprendizaje, el raciocinio y otras habilidades cognitivas.

La oxitocina es una hormona y neurotrasmisor producida por el hipotálamo y secretada por la glándula pituitaria. Fue identificada por los científicos en 1906. Es fundamental en el proceso del parto de los mamíferos, al estimular las contracciones del útero y la lactancia. Más adelante en la vida, ayuda a la interacción social y las relaciones personales. Se le ha llamado la “hormona del amor”. 

¿Cómo identificar, entre un grupo grande de personas en apariencia semejantes, a quienes son más similares a nosotros?, ¿cómo establecer relaciones con una base firme, que permita el fortalecimiento de la amistad a largo plazo?, ¿cómo distinguir a quienes pueden hacernos daño? Todos estos procesos son estimulados bajo la acción de la oxitocina. Es un elemento más en la complejidad de los sistemas biológicos y sociales.

Esta hormona está presente en ambos sexos, estimula el proceso reproductivo, iniciando con la confianza y el deseo sexual. Activa los centros de placer y es la base neurológica para las relaciones sociales. Fluye en cada abrazo. Mientras más abracemos a nuestros hijos, su cerebro se desarrolla más y mejor.

Aunque solo sea por esta razón, abrace a sus hijos, a los niños cercanos a usted. Hágalos sentirse valiosos. Cuando el ser humano se siente importante, otro transmisor neural inicia su labor: la serotonina. 

La inclusión social y la interacción son necesarias en la supervivencia de la especie. Esto se pone de manifiesto cuando una persona se aísla de los demás, lo que produce en un principio una depresión que culmina en enfermedades que traen consigo la muerte.

Los mecanismos neurobiológicos del amor y el afecto son un círculo perfecto: nos enamoramos, tenemos hijos, los criamos con emociones positivas y el niño a su vez repite el proceso. La atracción y la cercanía son las manifestaciones fisiológicas y emocionales de la necesidad de perpetuarnos.

Las sustancias químicas naturales que nos hacen ser felices son: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina. Cuando el cerebro emite estas sustancias nos sentimos bien.

Pablo Neruda, el poeta de Chile, entre sus “Odas elementales” escribió la “Oda al día feliz”, que dice: “Esta vez dejadme / ser feliz, / nada ha pasado a nadie, / no estoy en parte alguna, / sucede solamente / que soy feliz / por los cuatro costados / del corazón, andando, / durmiendo o escribiendo. / Qué voy a hacerle, soy feliz. / Soy más innumerable / que el pasto / en las praderas, / siento la piel como un árbol rugoso / y el agua abajo, / los pájaros arriba, / el mar como un anillo / en mi cintura, / hecha de pan y piedra la tierra / el aire canta como una guitarra”.

Sor Juana Inés de la Cruz, quien escribió sobre todas las cosas humanas de su tiempo, dejó en un poema la clave para gozar de la vida a pesar de las vicisitudes: “Finjamos que soy feliz, / triste pensamiento, un rato; / quizá podréis persuadirme, / aunque yo sé lo contrario, / que pues sólo en la aprehensión / dicen que estriban los daños, / si os imagináis dichoso /no seréis tan desdichado”.

En el caso que comenta la monja jerónima, hay que echar mano de la imaginación para fingir que la vida es grata. Poco a poco, seremos en verdad felices.
Mario Benedetti, en “Piedritas en la ventana” escribió: “De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana. / Quiere avisarme que está ahí esperando, pero me siento calmo, casi diría ecuánime. / Voy a guardar la angustia en un escondite y luego a tenderme cara al techo, que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas. // Está bien, no jugaré al desahucio, / no tatuaré el recuerdo con olvidos, / mucho queda por decir y callar / y también quedan uvas para llenar la boca. / Está bien, me doy por persuadido / que la alegría no tire más piedritas, / abriré la ventana, abriré la ventana”.

 

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, El arzobispo de gorro azul.

Twitter: @AraceliArdon

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