Evaluación, universidad y bien común

Pedro Flores-Crespo

¿Cómo sabe usted que una universidad es de calidad? ¿Son “buenas” aquellas instituciones de educación superior que mantienen al joven por largas horas con tarea escolar? ¿Es la tasa de empleo del graduado universitario el mejor indicador para confiar en esa escuela o tecnológico? ¿Es posible construir una medida de “calidad” general cuando las universidades mexicanas son tan diversas? 

Seguramente a estas y otras preguntas se va a enfrentar el Comité Técnico para el Diseño del Sistema de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior, el cual, estará conformado por “23 especialistas y académicos que procesarán las aportaciones de los actores que participen en los diversos” foros regionales y mecanismos de consulta que iniciarán el martes 5 de octubre (Valls).

¿Cómo se construirá y combinarán el “rigor metodológico”, “la objetividad” y la “imparcialidad” que por Ley deben tener los procesos de evaluación y acreditación con las visiones particulares e intereses de los universitarios? Un camino podría ser reconociendo de manera abierta los errores ocasionados por los marcos de evaluación actuales y las prácticas de acreditación que, como es bien sabido, derivaron en negocio de unos cuantos. Además, desde 2008, la ANUIES ya tenía un diagnóstico de los retos que enfrentaba la evaluación y acreditación de la educación universitaria, pero pareciera que no pudimos corregir el camino. Una de las conclusiones centrales de ese estudio era que no había suficiente evidencia para sostener que la evaluación estaba contribuyendo a mejorar los aprendizajes de los jóvenes estudiantes. Si bien el aprendizaje no es el único referente de calidad que deberíamos considerar, sí vale la pena volver a preguntarnos por qué y para qué evaluamos.

Hallar las razones de una nueva política de evaluación es necesario y para ello, habrá que entrar al terreno filosófico-normativo. Preocupados precisamente por la limitación de las actuales nociones de “calidad” en el sector educativo y por el sobreuso de algunos indicadores, varios colegas investigadores de universidades públicas y privadas de Querétaro y Puebla trabajamos para desarrollar una métrica centrada en el proceso educativo, no solamente en los resultados. Sostenemos que la educación es un bien común.

De esta manera consideramos que los individuos creamos cosas más allá de nuestras propias capacidades. Pasar un examen, acreditar una carrera o publicar un paper en JCR (Journal Citation Reports) es fruto de una “colaboración institucionalizada” que crea y posibilita una relación educativa. De esta relación depende la calidad de las universidades. Aprender, pensar, y publicar son reflejo de nuestras interacciones cotidianas que la Universidad determina y posibilita. Estas interacciones, acción colectiva y nexos generan la relación educativa, que es normalmente omitida en los esquemas de evaluación dominantes. El foco tradicional de la evaluación son los insumos (“tengo beca”) y resultados (“obtuve chamba”). Si desea discutir esta propuesta, lo invitamos al Coloquio: “¿Promueve la universidad el bien común y la justicia?”, el cual se realizará el próximo jueves 30 de septiembre de 12 a 19 horas. Habrá paneles con estudiantes, académicos y [email protected] Se puede registrar en el sitio www.ceds.mx 

Investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro (FCPyS).

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