21/04/2020
09:34
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En el año 2000, Querétaro inició un intenso intercambio cultural, científico y académico con Gotemburgo, Suecia. Recibimos becas para estudiantes universitarios, residencias artísticas para pintores, asesoría para el tratamiento del agua y otros asuntos. Al gestionar exposiciones de arte sueco para el Museo de Arte de Querétaro, tuve en mis manos fotografías históricas, de mediados del siglo XX, que mostraban la vida en aquel reino escandinavo al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Eran tomas en blanco y negro, cuidadas como un tesoro, espléndidas imágenes cuya narrativa hablaba de esfuerzo, duro trabajo cotidiano, aprendizaje y resiliencia, esa capacidad de enfrentar la adversidad que poseen los seres humanos.

Vienen a mi mente los paisajes nevados: grandes extensiones que dejaban ver, al fondo de aquella blancura, una audaz chimenea levantada contra el cielo. Debajo, una casa hecha de madera, con su establo a un lado, entre pinos cubiertos de nieve y carámbanos, como los que cercaban la casa.

Los funcionarios suecos que venían cada año escogían febrero para nuestras reuniones. Tenía sentido: su invierno había sido duro y faltaban varias semanas para que el frío diera paso a la florida primavera. En sesiones de trabajo y comidas en Querétaro o en la embajada de la Ciudad de México, pude aquilatar la fuerza moral de esa gente: no en balde, de Suecia han surgido talentos como Alfred Nobel, Ingmar Bergman, August Strindberg, Carl Larsson o el grupo ABBA.

En amenas conversaciones me contaban que sus padres y abuelos, que vivieron en casas en medio del bosque, pasaban cada año varios meses en aislamiento. Cada granja quedaba inmersa en la nieve, que cubría los caminos y veredas. Con más de un metro de nieve sobre el piso, resultaba imposible para una familia campesina del siglo XIX o las primeras décadas del siglo XX abrirse paso hasta una carretera rural.

De modo que esas personas se preparaban para la temporada fría, de noviembre a abril, dentro de sus casas, calentadas apenas con una estufa de hierro y un par de chimeneas. En ese tiempo, se las arreglaban para convivir y aprender idiomas, tocar música, cantar cada día sus himnos religiosos y piezas tradicionales. Chicos y grandes sabían ordeñar las vacas y preparar mermeladas, hornear pasteles, bordar, pintar, confeccionar ropa, tejer, construir muebles, jugar ajedrez, escribir y reflexionaban.

Por eso, al llegar el deshielo, al brotar de nuevo el césped y las flores, al tener contacto con los vecinos, sentían una emoción renovada y daban gracias a Dios por todos los bienes recibidos.

He pensado mucho en los granjeros suecos durante este encierro. Su grandeza espiritual me da una lección de vida. El accidente que sufrí en junio de 2019 me enseñó a ser paciente, a buscar un pasatiempo alegre. Como dice “Convalescencia”  poema de la autora uruguaya Cristina Peri Rossi:  “Me pasé tres meses en la cama / con la pierna derecha en alto / jugando con la playstation /—me había atropellado un auto— / cuando dejaba de jugar con la playstation / y buscaba un libro para leer / todos eran tristes / contaban cosas horribles / de los seres humanos / —no necesariamente guerras y torturas, / sino matrimonios, hijos, divorcios, infidelidades— / de modo que volvía a la playstation”.

José Agustín Goytisolo, poeta español, le escribió así a su hija Julia:  “Tú no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja / como un aullido interminable. // Hija mía, es mejor vivir / con la alegría de los hombres / que llorar ante el muro ciego. // Te sentirás acorralada / te sentirás perdida o sola / tal vez querrás no haber nacido. // Yo sé muy bien que te dirán / que la vida no tiene objeto / que es un asunto desgraciado. // Entonces siempre acuérdate / de lo que un día yo escribí / pensando en ti como ahora pienso. // La vida es bella, ya verás cómo / a pesar de los pesares / tendrás amigos, tendrás amor. // Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada. // Pero yo cuando te hablo a ti / cuando te escribo estas palabras / pienso también en otra gente. // Tu destino está en los demás / tu futuro es tu propia vida / tu dignidad es la de todos. // Otros esperan que resistas / que les ayude tu alegría / tu canción entre sus canciones”.

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, El arzobispo de gorro azul.

Twitter: @AraceliArdon

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