22/09/2020
08:16
-A +A

Esta es una escena de película: el enamorado se levanta de su silla en un restaurante de lujo; pone una rodilla en el suelo, saca de su bolsillo un estuche negro, lo abre para que luzca el anillo de diamante solitario; la cámara hace un primer plano al anillo y luego un barrido para detenerse en el rostro de la muchacha de ojos húmedos y sonrisa luminosa. En seguida, vemos a la misma pareja, él de frac y ella vestida de novia. Salen de una iglesia entre el aplauso de sus amigos.

Lo que hizo el director se llama elipsis. Es un salto en el tiempo, un cambio brusco de escenario. No hay necesidad de que nos muestre los preparativos para la boda: petición de mano, despedida de solteros, alquiler del salón. Ya sabemos lo que ocurre. En el cine, cada minuto cuenta, tenemos solo ciento veinte para conocer toda la historia.
Si nuestra vida fuera un guion cinematográfico, desearíamos resaltar los momentos clave. No vamos a recordar todas las veces en que nos sentamos a la mesa. Lo importante son las conversaciones que hubo en esa mesa, las que incluyeron una enseñanza del padre, las que dieron inicio a una relación o las hirientes palabras de una despedida. 

La época que vivimos, definida por el confinamiento por la pandemia, nos provoca la impaciencia del espectador sentado en la butaca. Queremos una elipsis: ya deseamos estar de nuevo en terreno firme y ambiente seguro, para abrazarnos, estar juntos, hablarnos de cerca, sentir la compañía de los amigos y el amor de los hijos. Tenemos la ilusión de la joven madre cuando recibe la noticia de su embarazo: nueve meses le parecen una eternidad.

Juan Rulfo, el narrador jalisciense, publicó en 1953 el libro El llano en llamas. Uno de los cuentos, “Nos han dado la tierra”, describe en forma magistral el desasosiego que define a quienes van perdiendo la fe en el porvenir, la tristeza de quienes se quedan solos. Los personajes transitan por un sendero que puede ser la vida misma, y desean llegar al destino marcado. No todos llegan al final.

“Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el Sol y dice: 

—Son como las cuatro de la tarde. 

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro”. Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros”.

Amado Nervo, el poeta de Nayarit, describe así la inquietud de quien desea llegar a otra parte: “Soy un viajero que tiene prisa / de partir. / Soy un alma impaciente e insumisa / que se quiere ir. / Soy un ala que trémula verbero... / ¿Cuándo vas, oh destino, a quitar / de mi pie tu grillete de acero / y ¡por fin! a dejarme volar?”.

El vuelo del que habla Nervo puede ser el final de un sufrimiento físico.

Ricardo Güiraldes publicó este poema en Buenos Aires, en 1918. En los primeros versos, dice que los personajes se encuentran en Grecia:
“El que viene del campo, es un viejo; va despacio y parece llevar una carga. El que sale al campo es joven, va rápidamente y algo parece aletear entre sus brazos. // Al encontrarse el muchacho, impaciente, habla primero: / ¿Qué llevas, viejo, que tanto te encorva? / Siete verdades llevo, que he arrancado a mi alma para dar al mundo. / Y a su vez pregunta: / Y tú, ¿qué llevas que caminas tan alado? / Una belleza llevo, que he arrancado al mundo, para dar a mi alma. / Ambos siguen sus caminos diferentes; el viejo, los ojos bajos, el paso lento; el muchacho, la frente alta, el correr ligero. Uno pensando, el otro sintiendo”.

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, Falsos silogismos de colores.

Twitter: @AraceliArdon

Columnas Anteriores

Comentarios