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Marcela Ávila-Eggleton

El presidente busca regresar al Méxicoen el que se formó políticamente,el del PRI hegemónico.

El domingo tuve el honor de marchar en la CDMX junto a miles de personas que, como yo, tienen la convicción de que México no es un país que se pliegue a los caprichos de un solo hombre. Más allá de la danza de las cifras, este ejercicio mostró —por primera vez en el sexenio— que si bien nadie cuestiona la popularidad y el apoyo que tiene el presidente López Obrador, existen voces, proyectos y formas de pensar que no pueden ignorarse ni eliminarse por decreto.

Nuestra pluralidad política ha permitido, en lo que va del siglo, tres alternancias presidenciales, decenas a nivel estatal y miles en legislaturas y ayuntamientos. Esa pluralidad es México; la posibilidad de evidenciarla es producto de décadas de lucha contra el autoritarismo. Quienes nos manifestamos el domingo en diversas ciudades del país lo hicimos para exigir que nuestra voz, al igual que la de todas y todos los mexicanos, sea escuchada. Como expresó José Woldenberg en el Monumento a la Revolución “estamos aquí ejerciendo nuestros derechos; el derecho a manifestarnos, a opinar, a reunirnos de manera pacífica para expresar nuestras preocupaciones y aspiraciones. Somos parte de una marea de opinión que aprecia y defiende la democracia”.

La marcha no fue contra el presidente y su partido, sino por la defensa de una institución que, si bien es perfectible, ha permitido la transición pacífica del poder público. Es una lástima que un presidente que dice ser demócrata sea incapaz de escuchar a quienes piensan distinto y, no sólo eso, aproveche la investidura presidencial para insultar, partiendo de la falsa premisa de que quienes no coinciden con él no merecen tener voz. La generalización parte de la necesidad de sacar conclusiones de una población que no conocemos a partir de los resultados obtenidos de una muestra; sin embargo, para que las conclusiones sean válidas, la muestra debe ser representativa. El presidente no parece entenderlo, o bien, no le interesa hacerlo. Por eso desprecia tanto el diálogo como la crítica; las leyes y las instituciones.

El domingo marcharon figuras que el presidente abiertamente insulta y desprecia, pero también marchamos miles de mexicanas y mexicanos que tenemos el mismo derecho a expresarnos que él y sus seguidores más fieles; de eso se trata la democracia. Por ello, el mensaje es también para el resto de los partidos políticos, sin importar si sus liderazgos se sumaron al reclamo ciudadano o no; independientemente de sus conflictos internos y sus intereses particulares.

Como ciudadanía, observamos y exigimos.

Las reformas electorales que permitieron el tránsito de un sistema autoritario a uno democrático se llevaron a cabo por consenso, escuchando las voces de las oposiciones. Hoy el presidente busca regresar al México en el que se formó políticamente, el del PRI hegemónico y lo único que se interpone en su camino son las instituciones que durante décadas hemos forjado para limitar el poder político. Aprobar la reforma propuesta por el presidente implica, de facto, negar la posibilidad de que, en el futuro, la ciudadanía pueda elegir una alternativa distinta a la que él representa.

La ciudadanía protagonizó la marcha, no la clase política. Miles de ciudadanas y ciudadanos estamos dispuestos a tomarnos en serio el papel de exigir que nuestros representantes cumplan. El mensaje fue claro, nuestra democracia es demasiado valiosa como para dejarla en sus manos. 

@maeggleton 

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