El valor de trompos y canicas

17/09/2020
08:43
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Corría el año de 1970 y en los últimos años de  infancia disfrutábamos de la enorme oportunidad de asistir a la escuela para aprender de las pacientes maestras y maestros que desempeñaban con gusto y talento su vocación de enseñar en las aulas del Instituto Queretano, escuela marista donde cursé párvulos, primaria y secundaria con muchos compañeros que recuerdo siempre con mucho afecto y donde pude construir amistades que perduran hasta la fecha. Ese año cursaba  el 5º de primaria y el maestro titular de nuestro grupo era el profesor Ramón Vega, a quien junto con la escuela y otros mentores, tengo presentes con mucho cariño y gratitud. Pude tener contacto con él y saludarlo en el transcurso de muchos años después cuando la ciudad aún nos permitía todavía el enorme privilegio de coincidir en sus viejas calles.

En ese entonces yo asistía a clases en el autobús escolar que poco después de las 7 am pasaba por la calle de Allende esquina con 16 de septiembre y un grupo de amigos lo abordábamos para llegar temprano a la escuela disfrutar de un tiempo previo al inicio de clases en el que compartíamos el entorno de una construcción estilo europeo que hoy es parte del patrimonio con que nuestra ciudad cuenta. Muchos de los compañeros, además de nuestros útiles escolares que llevábamos en mochila de cuero —la cual resistía con heroicidad el maltrato—, guardábamos en ella parte de nuestro acervo personal que se componía de canicas, trompo o balero, según la temporada. 

Nuestras madres cosían o pegaban a los pantalones y suéteres las rodilleras y coderas que ayudaban a retrasar un poco el desgaste que irremediablemente sufrían las prendas antes de llegar a ser sustituidas por las de la siguiente talla que demandaba nuestro crecimiento previo a la adolescencia. En muchas ocasiones, antes de que sonara el timbre del inicio de actividades o en los recreos, disfrutábamos compitiendo para ganar o perder agüitas, pericos, flores y otras valiosas canicas colocadas en el dibujo de un rombo sobre una pista de carreras de tepetate rojo, donde, según el valor que sabíamos con la precisión de perito en la materia y que en sumas iguales las jugábamos en la suerte de nuestros tiros para intentar pegarles y sacarlas a una distancia mayor a una cuarta que medíamos con nuestras manos y que finalmente modificaban la cuantía de los pequeños sacos que cuidábamos con mayor esmero que los libros y cuadernos que no eran tanto del interés de quienes hacían de las suyas con lo ajeno.

Los trompos eran una historia aparte que requería de mayor conocimiento, técnica y habilidad. No sólo para intentar sacar de un círculo también dibujado donde colocábamos por turno la respectiva pieza de cada contrincante, y en el caso de lograr sacarlo de ese espacio con nuestro trompo girando, estaba sujeto a sufrir los golpes del número de puyazos que apostábamos y que dejaban registro de cada batalla o que finalmente destruían el trompo del contrario, sino con la malicia que la edad nos permitía, adquiría uno de mezquite, madera muy resistente a los golpes y al cual sometía a una transformación en la mesa de carpintería de mi padre, que por cierto aún conservo y utilizo en el taller de impresión y enmarcado de fotografías, para quitarle la puya de clavo y sustituirla por una de tornillo que con paciencia descabezaba y afilaba para que se convirtiera en todo un acorazado que resistía los golpes y propinaba otros que hacían sufrir a más de algún trompo junto con su dueño.

El balero también formó parte de esos tesoros e igualmente requería de práctica para realizar alguna apuesta que permitiera con capiruchos adicionar algo a la tradicional torta y bebida que adquiríamos en el estanquillo de la escuela. Habían también aquellas estampas de álbumes que de igual manera salían por temporada, las que con mayor conocimiento que las matemáticas, lectura u otras materias que cursábamos entonces, intercambiábamos en el vano afán de completar una colección en la que las piezas finales salían al mercado tiempo después de que gastábamos lo suficiente recorriendo con los amigos las calles de la ciudad para ir a la tienda donde se rumoraba había estampas imposibles de encontrar en otro lugar.

Dicen que en la vida solo hay que mirar hacia adelante. No estoy totalmente de acuerdo, hay muchas ocasiones que vale la pena vivir de nuevo esos momentos que le otorgan el más alto valor a aquellas cosas sin importancia que la vida nos regala ayer y hoy, en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

*Twitter: @GerardoProal

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