El huracán que no se detiene

César Augusto Lachira Sáenz

En el transcurso de la semana el gobernador del Banco de México, Agustín Cartens, dejó de lado su tan airado optimismo para aceptar, de forma tardía, que efectivamente la crisis norteamericana sí afectará a la economía mexicana y que lo que se viene debe poner en alerta al próximo gobierno. Lo que anticipaban los economistas y que negaba rotundamente el funcionario demuestra la carencia de responsabilidad profesional de quienes dirigen instituciones tan importantes como el Banco de México, y no es que busquemos una certeza total en sus pronósticos, sino al menos que sean más abiertos a otros tipos de análisis que van más allá de su escritorio.

El problema estriba en que la recuperación de la economía norteamericana es lenta y el crecimiento del empleo decepcionante. Las empresas se han encasquillado en un bajo crecimiento por la incertidumbre. Agréguese que la Casa Blanca y el Congreso deben encarar de inmediato el “abismo fiscal” de fin de año, cuando expirarán las exenciones fiscales adoptadas y entrarán en vigencia reducciones automáticas del gasto público y el gobierno alcanzará el nivel de endeudamiento autorizado.

La oficina presupuestaria del Congreso calculó que la expiración de las reducciones fiscales y la adopción automática de los gastos presupuestarios podrían ser un freno adicional en la debilitada expansión económica, cuyo resultado sería una contracción de 1.3% de la actividad económica en el primer semestre de 2013 y probablemente será considerada una recesión. Sumado a ello la reconstrucción de las ciudades afectadas por el huracán Sandy costará entre 20 y 30 mil millones de dólares, lo que constituye un gasto no previsto en el presupuesto, al menos por la magnitud, que redundará en un recorte del gasto público y en el quiebre de muchas aseguradoras que tendrán que hacer frente a sus responsabilidades.

¿Cómo perjudicará lo anterior a la economía mexicana? 75% de las exportaciones de México van a Estados Unidos, y una contracción de la demanda del consumo norteamericano, como la que ocurre, afectará las exportaciones de nuestro país. Es probable que los datos del crecimiento del PIB en México para los meses de septiembre y octubre, muy próximos a salir, nos demuestren una acentuada desaceleración de la economía a 2.1%, muy por debajo de 3.5% pronosticado por el Banco de México.

Agréguese que la disminución de las remesas en tres meses consecutivos es de 20.24%, lo que inevitablemente afecta el mercado interno en la medida en que las familias que reciben dinero de EU lo harán en menor cantidad. En este sentido, estados como Zacatecas, Oaxaca, Puebla, Querétaro y otros sufrirán las consecuencias.

Si a lo anterior sumamos que el “abismo fiscal” norteamericano supone incrementar las tasas de interés a 2 o 3% por parte del Tesoro norteamericano, de inmediato miles de millones de dólares que se encuentran como inversiones directas en las reservas mexicanas saldrán del país hacía Estados Unidos. La descapitalización de las reservas es una situación que se ve venir cuando la mayor cantidad de ellas están compuestas por inversiones golondrinas.

El panorama es incierto para la economía mexicana; claro, Cartens manifiesta haber negociado un crédito flexible y preferencial de 70 mil millones de dólares con el FMI para México en caso de una contingencia venidera. Lo que no se nos dice es que tal crédito se sumaría a la cuantiosa deuda externa que hereda la administración calderonista, que sumaría compromisos a corto y mediano plazo de pagos de deuda e intereses de ésta. El huracán está por venir.

 

Investigador del Centro de Estudios Económicos Financieros (UAQ)

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