El dilema del voto de disciplina

Jesús Rodríguez Hernández

En días pasados los gobernadores de los estados suscribieron con el presidente, el Acuerdo Nacional por la Democracia, el compromiso: a garantizar elecciones libres, limpias y respetar la voluntad del pueblo y desde luego, no intervenir en ellas.

Acto que en esencia es para dar la impresión de inclusión, pues existe un marco jurídico en materia electoral, además de que el INE con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, son las instituciones garantes de estos preceptos.

Sin embargo están latentes las graves violaciones que existen en materia electoral por parte del ejecutivo Federal y su estructura gubernamental, así como para justificar la descalificación de los resultados si estos no les favorecen. El objetivo: tener la mayoría en la cámara de diputados. También sabemos la obstinación que tiene por sus proyectos y acciones.

El proceso electoral es la condición sine qua non para que la sociedad tenga representantes que encaminen sus acciones al bienestar social y a una mejor forma de vida. Pero los encargados de hacer posible el acceso de los ciudadanos al ejercicio del poder público, que son los partidos políticos, los vemos alejados de esta sociedad lo que provoca un amplio y profundo debate acerca de los candidatos que proponen. Sobre su actuación y su capacidad para cumplir con esta tarea democrática, tomar los retos que les plantea la sociedad y saber abanderarlos para su pronta resolución.

Los candidatos que compiten por los cargos públicos pueden o no estar afiliados a partidos políticos, pueden o no compartir su ideología y posición en cuanto a las políticas públicas, que participan como candidatos externos.

En alguna época, el voto de disciplina era una forma habitual de la política. En este contexto aún hay vigencia del voto duro, del militante o del simpatizante, permanentes de un partido político, y que lo apoyan en las urnas independientemente de los candidatos y de las propuestas que hagan. El voto duro también es conocido como voto inercial, porque proviene de electores que presentan una fuerte predisposición favorable hacia un determinado partido.

Los candidatos y sus propuestas se tomaban como propios por la relación que tenía el individuo con su partido, pues considera las posiciones de éste muy similares a la suya. En otras palabras, en el momento en que los ciudadanos desarrollan un vínculo hacia un partido político, esta identificación les permite asimilar información y tomar decisiones sobre su voto. Ahora la crisis de los partidos convirtió a esta disciplina de voto en un asunto de lealtad para algunos militantes, pero para otros en la oportunidad de darle utilidad a su sufragio y convertirse en un sujeto de la política, en un ciudadano que está participando en la elección de gobiernos democráticos para dirigir a su sociedad, conducirla, y coordinarla para lograr un futuro mejor.

Las estructuras económicas y políticas han cambiado, la pandemia ha llevado a nuevas formas de convivencia humana, no exentas de contradicciones y tensiones, que están emergiendo facilitadas y promovidas por las nuevas tecnologías de la comunicación.

Esta compleja realidad social se manifiesta de diversas maneras en nuestro país. La pandemia no se está atendiendo con seriedad y prontitud, al programa de las vacunas se le está dando un tinte electoral. En los ámbitos económico y político manifiestan una serie de disfuncionalidades y contradicciones. Y el Presidente ha decidido que la intermedia sea un referéndum sobre su gobierno.

Para estas elecciones algunos analistas coinciden que será determinante el voto útil, más que la disciplina interna, más que el voto duro, ya que éste no serviría al pulverizarse ante la gran cantidad de candidatos y partidos. El voto más que de militante, debe ser un voto razonado, un voto útil. Votar con decisión personal contribuye a evaluar candidatos y propuestas electorales. Es un voto por México. Un voto por Querétaro.

 

 

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