Dos amigos

Jaime Septién

La reciente visita del Papa Francisco a Benedicto XVI, residente temporal de Castel Gandolfo (palacio estival de los papas situado en la ribera del lago Albano) es un hecho histórico y, al mismo tiempo, una muestra de que el poder —como dijo Francisco en la Misa de inicio del papado— es una forma, la más detallada y simbólica, la más real y valedera del servicio a los demás. Cuando ésta es la noción que priva, cuando la amistad está por encima del qué dirán, el poder se vuelve una función humana, de desarrollo espiritual y bien común.

No me imagino a un mandatario —ni siquiera un alcalde— yendo a la casa de gobierno para visitar a su antecesor con la prensa pisándole los talones; tampoco lo veo sentándose a almorzar, pidiéndole consejos y derrochando cercanía; decirle “somos hermanos” y salir de ahí, con la alegría en el rostro por estar compartiendo “la silla”. Tampoco me puedo hacer a la idea de que el anterior mandatario, además de seguir conservando la denominación del puesto, declare a medios —y se lo confirme al nuevo-- que le va a ser fiel, obediente y sumiso. Y que, encima, va a vivir a 200 metros de su departamento.

Quizá sea este hecho histórico porque aparte de que por vez primera se encontraron dos pontífices de la Iglesia católica en la tierra (en el cielo igual ya se encontraron varios), se trata de un acontecimiento absolutamente insólito. Nuestra miserable condición humana nos dicta que cuando uno ocupa el trono, la presidencia, la gubernatura, la curul, el secretariado del sindicato, la coordinación del comité, del consejo, de la asociación de ex alumnos…, el que lo ocupó anteriormente se debe borrar, exiliarse, irse a Harvard, a Dublín, a La Conchinchina. Pero no debe vivir al lado mío ni hacerme sombra. Su tiempo ya pasó y lo que hizo o dejó de hacer poco importa. Lo que importa es que se produzca en su vida alguna de las tres posibilidades de la trilogía de Gonzalo N. Santos: o el destierro, o el encierro o el entierro...

El poder no se comparte, dicen los que creen que saben del poder. Y tienen razón. Cuando el poder es una vocación de éxito, de notoriedad, de fama o de dinero, no es posible compartirlo con otro. Es personal, egoísta. Pero cuando se trata de poder como “poder hacer”, es decir, cuando suma a las posibilidades de perfeccionamiento del otro, es un tesoro. A ése poder se refería Cristo al ser interrogado por Pilatos. No es de este mundo porque si lo fuera, Pilatos se lo merecería.

La sencillez ya proverbial del Papa Francisco tuvo, a mi juicio, su prueba de fuego en Castel Gandolfo, el viernes pasado. Es en esas situaciones (como en el recibimiento de doña Cristina Fernández, presidenta de Argentina, quien en su ignorancia supina del personaje que le estaba tendiendo las manos, preguntaba al protocolo si lo podía tocar), cuando se nota si alguien es de verdad o de mentirijillas: un actor, un impostor o, como la obra de teatro premonitoria de Rodolfo Usigli, un mero gesticulador.

Si no hay revancha —como con la superviviente del matrimonio Kirchner pudiera haberla habido— o distanciamiento del antecesor, frialdad con él, alejamiento e indiferencia; el poder es servicio. Y Francisco ha conquistado, en menos de dos semanas, el derecho a expresarlo en público. Y nosotros, la obligación de creerlo. ¿Se encuentra en estado de gracia? Más bien el Espíritu Santo le ha otorgado inmensa gracia de estado.

Periodista y Editor

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