En 1940, Ernest Hemingway publicó su grandiosa novela “Por quién doblan las campanas”. La acción está ubicada en la Guerra Civil Española. Un momento cumbre ocurre en el momento en que Robert Jordan, el protagonista, hace el amor con María, una chica de Segovia:
“Toda su vida recordaría él la curva de su cuello, con la cabeza hundida entre las hierbas, y sus labios, que apenas se movían, y el temblor de sus pestañas, con los ojos cerrados al sol y al mundo. Y para ella todo fue rojo naranja, rojo dorado, con el sol que le daba en los ojos; y todo: la plenitud, la posesión, la entrega, se tiñó de ese color con una intensidad cegadora. Para él fue un sendero oscuro que no llevaba a ninguna parte, y seguía avanzando sin llevar a ninguna parte, y seguía avanzando más sin llevar a ninguna parte, hacia un sin fin, hacia una nada sin fin”. 

Octavio Paz, en su  poema “Piedra de sol” parece continuar esta escena de Hemingway y dice: “Los dos se desnudaron y se amaron / por defender nuestra porción eterna, / nuestra ración de tiempo y paraíso, / tocar nuestra raíz y recobrarnos, / recobrar nuestra herencia arrebatada / por ladrones de vida hace mil siglos, / los dos se desnudaron y besaron / porque las desnudeces enlazadas / saltan el tiempo y son invulnerables, / nada las toca, vuelven al principio, / no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres, / verdad de dos en sólo un cuerpo y alma, / oh, ser total”.

Pablo Neruda invitó a Octavio Paz a participar en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, que se celebró en Madrid en julio de 1937. Paz tenía 23 años y se encontraba en Yucatán, realizando una labor formidable: daba clases de alfabetización a hijos de obreros y campesinos. Varios mexicanos fueron a esa reunión en España: José Chávez Morado, Elena Garro, Fernando Gamboa y Silvestre Revueltas. Ahí estaba Hemingway. Tres futuros premios Nobel, provenientes de México, Estados Unidos y Chile, tres muchachos inteligentes y sensibles, unidos en su apoyo a los intelectuales republicanos españoles. Eran otros tiempos.

Hemingway y Paz dedicaron cientos de páginas a expresar la necesidad que tiene un ser humano del otro, de su pareja; esta verdad es tan profunda y eterna que aparece en el inicio de la Biblia: “No es bueno que el hombre esté solo. Le daré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude”. (Génesis 2:18). Esta unión ha dado origen a todo lo que la humanidad ha construido: ciudades, industrias, universidades, carreteras. Cada invento es una ofrenda de uno para el otro. Todo pasa por amor, todo ocurre gracias al amor. 

En el esplendor del romanticismo, Gustavo Adolfo Bécquer escribió: “Dos rojas lenguas de fuego / que a un mismo tronco enlazadas / se aproximan, y al besarse / forman una sola llama”. La poesía es un ciclo interminable y cada generación aporta sus palabras creyendo ser los descubridores de la emoción que les estremece; el mismo Paz dedicó un libro entero, “La llama doble” al erotismo. Por ser un poeta de tan altos vuelos, en el mundo entero hay quienes dedican años a estudiar sus obras.

Con otros versos de “Piedra de Sol”, de Octavio Paz, cierro esta columna dedicada a la pareja: “todo se transfigura y es sagrado, / es el centro del mundo cada cuarto, / es la primera noche, el primer día, / el mundo nace cuando dos se besan, / gota de luz de entrañas transparentes / el cuarto como un fruto se entreabre / o estalla como un astro taciturno”. 

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