04/08/2020
09:23
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Dentro de un siglo, la Historia dirá que enfrentamos, en el año 2020, al Covid-19. Sabrán que salimos triunfantes y apreciarán nuestra fortaleza. Crearán una leyenda alrededor de esta pandemia y nosotros seremos los héroes, porque los pobladores del mundo serán descendientes de nuestros hijos, y al ser humano le gusta pensar que proviene de gente sabia.

Los médicos habrán aprovechado los avances en todas las especialidades vinculadas con esta enfermedad que ha tenido tantas consecuencias.

Estudiosos de la mente, urbanistas y educadores, a partir de ahora diseñarán nuevos planes considerando las lecciones aprendidas en esta etapa de dolor, que sin embargo traerá consigo aprendizajes valiosos, para quien tenga los ojos abiertos y los oídos prestos.

Una de las lecciones tiene que ver con la distancia. Los saludos, las reverencias y las expresiones de cortesía, en muchas culturas, tienen su origen en etapas de enfermedad. La distancia social, tema de la proxémica, es el reflejo de la mentalidad de un pueblo: cuánto puede un hombre casado acercarse a las jóvenes solteras, cuántas personas caben en una sala, según lo determinan los muebles y el espacio entre ellos, la colocación de las sillas de un restaurante. Todo está vinculado con creencias, sentido del respeto, prejuicios y jerarquías.
Somos más complicados que lo que 
parece.

La distancia duele. Tiene un filo agudo que penetra la carne y se mete al corazón, toca sus fibras y las pulsa como las cuerdas de una guitarra, que en brazos del solitario hace surgir una música triste y bella.

La distancia se vuelve deseo que lleva a los amantes a buscarse, sin lograr el encuentro. Miguel Hernández, el autor español, escribió: “El amor ascendía entre nosotros / como la luna entre dos palmeras / que nunca se abrazaron. // El íntimo rumor de los dos cuerpos / hacia el arrullo un oleaje trajo, / pero la ronca voz fue atenazada, / fueron pétreos los labios. // Pasó el amor, la luna, entre nosotros / y devoró los cuerpos solitarios. / Y somos dos fantasmas que se buscan / y se encuentran lejanos”.
Idea Vilariño fue una autora uruguaya, que creció en una familia donde la música y los libros eran alimento cotidiano del espíritu.

Nació en Montevideo en 1920 y murió ahí mismo en 2009. Perteneció a la Generación de 1945 con Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti y otros autores.

Fue hija de un poeta cuyas obras no fueron publicadas en vida. Sus hermanos recibieron nombres simbólicos: Numen, Poema, Azul y Alma. Su padre fue anarquista, la madre, maestra de literatura.

Como si hubiera anticipado la pandemia que vivimos, Idea Vilariño escribió este poema: “Esta soledad / esta vanidad la conciencia / condenada impotente / que termina en sí misma / que se acaba / enclaustrada / en la luz / y que no obstante se alza / se envanece / se ciega / tapa el vacío con cortinas de humo / manotea ilusiones / y nunca toca nada / nunca conoce nada / nunca posee nada. // Esta ausencia distancia / este confinamiento / esta desesperada / esta vana infinita soledad / la conciencia”.

Estoy segura de que usted ha decidido pasar esta temporada en casa. Ha aprendido a soportar la pena de no tocar a los suyos, no abrazar ni estar cerca, no sentir el calor de otro cuerpo, sea el de amigos, de abuelos o compañeros. De nadie. Unos porque son vulnerables, otros porque pueden ser vectores de contagio sin saberlo.

Pablo Neruda, el Nobel chileno, desde muy joven supo afilar el lápiz para poner una palabra tras otra y con ellas construir versos que pronto se hicieron continentales, porque expresaban lo que sentían millones de muchachos de su patria y de otras tierras. Al final, todas las emociones que nos estremecen tienen semejanzas. Nacen de visiones del mismo paisaje, aunque unos detengan sus ojos en el lago y otros asciendan la montaña con su mirada.

El personaje de este poema se va lejos de su novia para cumplir con su misión: “Ay gran amor, pequeña amada! / no me detuve en la lucha. / No dejé de marchar hacia la vida, / hacia la paz, hacia el pan para todos, / pero te alcé en mis brazos / y te clavé a mis besos / y te miré como jamás / volverán a mirarte ojos humanos. / Ay gran amor, pequeña amada! / no esperes que te mire en la distancia / hacia atrás, permanece / con lo que te dejé, pasea / con mi fotografía traicionada, / yo seguiré marchando, / abriendo anchos caminos contra la sombra, / haciendo suave la tierra, repartiendo / la estrella para los que vienen”.

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, Falsos silogismos de colores.

Twitter: @AraceliArdon

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