22 / junio / 2021 | 06:47 hrs.

Detener la devaluación del peso

Arnulfo Moya Vargas

Los gobiernos de los estados, entre ellos Querétaro, no pueden permanecer impasibles ante la devaluación sistemática que realiza el gobierno federal y que impacta en el poder de compra y el valor de los bienes y servicios de los habitantes. Y más si las devaluaciones vienen sin explicaciones y menos aún con confusos fundamentos jurídicos. La devaluación de una moneda en cualquier país del mundo no puede ser un dogma que se sustraiga de las explicaciones que en toda democracia los gobernantes deben dar a los ciudadanos. La devaluación no puede ser un instrumento de política económica que emprendan los gobiernos y que sustituya a otros instrumentos de conducción económica.

Tampoco es válido atribuir a la caída de los precios del petróleo la devaluación, ya que dicha caída no sólo ha sido aplicable a México sino a otras regiones del mundo que no han acudido a la depreciación.

 

Se ha pretendido justificar por el secretario de Hacienda y por el líder de la OCDE que abaratar la moneda permitirá hacer competitiva la economía en el mercado internacional. Lo que no quedan claras son las razones por las cuales el sector exportador solamente beneficiará a ciertas ramas de la industria y la empresa, cuyos efectos pueden ser sólo en favor de unas cuantas personas. Hacer competitiva la economía a cambio de devaluar es un error porque la afectación a la baja del peso es un acto de expropiación de los modestos bienes de sobrevivencia de la mayoría de la población que no puede acudir a los paraísos financieros y bancarios para proteger sus dineros.

Peor aún, la devaluación que se instrumenta es un pretexto para el incremento de los precios de los productos que componen la canasta básica del país. Es decir, existe un efecto inflacionario directo y en perjuicio de la población, que no guarda la mínima proporcionalidad con los incrementos de los salarios mínimos.

La devaluación obligará al gobierno federal y de los estados a realizar ajustes en las Leyes de Ingresos y Presupuestos de Egresos, lo que impactará en la prestación de los servicios públicos y en los programas de atención a la población. Ninguna planeación de política económica es posible si una de las principales variables, la categoría moneda, se haya sujeta a los vaivenes e irresponsabilidad de la burocracia, que por muchas credenciales académicas que tenga en materia económica no puede sustraerse al control popular que se debe hacer sobre sus actos.

Tampoco sabemos de las acciones preventivas o correctivas que el gobierno federal esté realizando con respecto a los especuladores financieros de dentro o fuera del país, quienes deberían ser investigados por las autoridades de Hacienda para deslindar los campos de la correcta y adecuada función empresarial con sus ganancias lícitas del campo de la especulación y ataque a una moneda, cuestión que ya raya en lo criminal y no sólo en el ámbito de la política cambiaria.

Cierto, al final de cuentas la fuerza de una moneda deviene de la vitalidad de una economía que la respalda, entiéndase de lo que un país produce y de la calidad de lo que se produce, y en ese punto tal vez sea importante reconocer las graves deficiencias que tenemos en materia de productividad de nuestra economía. Pero no es posible sostener que sobre la base de la debilidad productiva las autoridades de la nación dejen el peso mexicano a las libres fuerzas del mercado, mermando las reservas que a final de cuentas se han edificado de los impuestos de la mayoría de la población.

Es necesario que la población conozca las razones del gobierno para devaluar. Inclusive señale cómo va a compensar y estimular a empresas e individuos que arriesgaron su capital en torno al valor del peso y que después se encontraron con que el gobierno cambiaba las reglas de la política cambiaria. Así no puede haber lealtad a las instituciones que manejan los asuntos económicos, ya que desde la incertidumbre de reglas y acuerdos no se puede gobernar. Ya lo decía un dicho de la política de los 70 “gobierno que devalúa el peso, gobierno que se devalúa”.

La gente que no puede ahorrar, que vive de su trabajo diario; que difícilmente llega a fines de mes y quincena con los raquíticos ingresos; que no buscará refugio en el dólar o el euro; que descubre con coraje que con las devaluaciones sus casas o vehículos ya no valen lo mismo, merece una explicación desde la claridad y desde la honestidad. Merece que los representantes de la nación careen al secretario de Hacienda y al gobernador del Banco de México para que respondan sobre las consecuencias desastrosas de la conducción económica del país.

Abogado

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