24 / julio / 2021 | 12:45 hrs.

Desgranando el “aspiracionismo”

Concepción Delgado Parra

Luchar por un mundo más equitativo y justo en el que todas las personas tengan la posibilidad de acceder a la igualdad de oportunidades y al ejercicio pleno de sus derechos, constituye un anhelo compartido. Sin embargo, este afán se desdibuja cuando es atravesado por el filtro del “aspiracionismo”, cuyo contenido es impuesto desde la lógica dominante y de sometimiento. Me explico.

El aspiracionismo contemporáneo se sostiene sobre dos prácticas: el rendimiento y el consumo. El siglo XXI trajo consigo una sociedad de sujetos a quienes se les exige ser emprendedores y asumir la responsabilidad de maximizar la producción. En este nuevo contexto se gestó el imperativo del rendimiento como nueva regla de la sociedad del trabajo. Se trata de la edificación de un “animal laborans” que se explota a sí mismo, voluntariamente, sin coacción externa, con la ilusión de que este esfuerzo le permitirá hacer realidad sus proyectos de vida.

Este proceso se materializa a través del consumo. El aspiracionismo parte de un deseo de bienestar que aspira a dejar atrás la escasez, pero no como una vía de justicia social, sino para liberarse del estigma de la pobreza. Implica actuar acorde con el fundamentalismo del mercado que equipara al Estado de bienestar y la protección social con la decadencia moral y, al imperio del mercado con lo justo y adecuado.

La percepción del sujeto frente a la autoexplotación queda invisibilizada mediante la ficticia satisfacción de la adquisición de bienes materiales. Pese a que la carga de trabajo aumenta y exige de una particular técnica de administración del tiempo y la atención simultánea de las tareas a realizar, se genera la sensación de máxima productividad y eficiencia que espera ser recompensada con el éxito monetario. Paradójicamente, estos cambios de estructura de la atención conducen a la sociedad a un estado cada vez más salvaje, donde el acoso laboral alcanza dimensiones pandémicas.

La sociedad actual, enmarcada en el rendimiento y el consumo, aniquila las posibilidades de acción colectiva degradando al ser humano a animal laborans, sometido pasivamente al proceso de una vida anónima de la que intenta escapar a través del consumo. En su huida del anonimato, el sujeto aspiracional hace suyo el imaginario social de que mientras más “blanquea” su cultura, más sofisticado, aceptado y valorado será. Aunque, al final, termine siendo un peón más en la cadena de rendimiento, de un mundo de trabajo inhumano y de una existencia carente de libertad y derechos. Así, el aspiracionismo justifica una forma de domesticación social disfrazada de virtud.

Frente a este escenario, el debate tendría que estar encaminado a demandar una mejor distribución de las oportunidades y la riqueza. En imaginar un nuevo pacto social y político dirigido a atacar la desigualdad y la creciente vulnerabilidad de sujetos de rendimiento que se perciben como emprendedores y libres, cuando en realidad se trata de trabajadores precarizados. Y, al mismo tiempo, contribuir a la creación de una narrativa de relatos colectivos incluyentes que apuesten por el derecho a lo desemejante. 

Doctorada en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y Posdoctorada por la Universidad de Yale

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