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Alicia, Carroll y el País de las Maravillas

En una edad temprana, digamos ocho años, leí por primera el cuento: Alicia en el país de las maravillas, del escritor inglés cuyo verdadero nombre es Charles L. Dodgson (1832-1898), que usó por razones desconocidas el seudónimo de Lewis Carroll.

En mi niñez, la lectura no me produjo las emociones de, por ejemplo, La Isla de Tesoro, de Louis Stevenson y no digamos de los cuentos inocentes de Hans Christian Andersen como El Patito Feo o el Soldadito de Plomo o los dibujos animados de Walt Disney, que eran cuentos perfectamente asimilables, la lucha entre el bien y el mal, saliendo triunfador por supuesto la historia de amor que corresponde a cada uno de los cuentos o la aniquilación del mal, representado muchas veces por una bruja o un hechicero. Alicia en el País de las Maravillas es otra cosa, en primer lugar no es un cuento para niños –por la complejidad del viaje de Alicia- y sobre todo su significado que podríamos pensar es completamente misterioso para la mente de un niño: el crecimiento injustificado de la estatura y del cuello de Alicia, el conejo y todos los personajes que gravitan en esta obra maestra, es decir no sigue una narración lineal, sino que nos introduce a mundos que corresponden al mundo de los sueños, al onirismo. En una segunda y tercera lectura mi opinión cambia, ahora veo que Alicia en al País de las Maravillas tiene su propia justificación, entre otras, a Carroll lo inspiró una niña: Alicia Liddell, a la que tuvo la oportunidad de fotografiar –Lewis fue un buen fotógrafo- y dejar a la posteridad el retrato de una infante que provocó la escritura de una obra mayor en la literatura inglesa.

Mucho se ha escrito y hablado de la relación de Carroll y la niña Alicia Liddell, algunas veces como una relación inocente y otras con la reafirmación de la pedofilia de Lewis; otra que cuando Alicia tenía once años de edad, el escritor pidió su mano, que prácticamente enfrió la relación con la familia Liddell, la verdad quizá nunca será revelada y eso en realidad es lo que menos importa, las causas o el objetivo principal son las obras de Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas (1865), Alicia a través del espejo (1872), La caza del Snark (1876), El juego de la lógica (1887).

Hay un texto sin firma, supuestamente de Roberto Mares que dice lo siguiente: “Es claro que los relatos son sueños que se presentan como tales; pero la evaluación de los sueños no es manejada como un “sin sentido” o una imaginería descontrolada, cuál era la mentalidad victoriana, sino como la construcción de un sentido diferente, propio de una lógica que no echa mano solamente de los valores y postulados de la “forma” correcta de pensar en una sociedad que impone una objetividad apabullante sobre los individuos, sino que también permite la irrupción de una desbordante subjetividad para jugar con todos los elementos de que dispone la mente para entender la realidad, incluyendo, por supuesto, el material de los sueños, y sobre todo de esa metodología fantástica que abre paso a la creatividad. En el trasfondo de la obra de Carroll está una revaloración del pensamiento onírico y de la lógica infantil, considerada en su tiempo como una simple muestra de inmadurez que se supera con los años y el aprendizaje de “la manera correcta” de razonar, lo que es el objetivo de la lógica formal, que también es ampliamente desarrollada en la obra de Carroll.”: Grupo Editorial Tomo, 2010.

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