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Horacio Quiroga: Amor, Locura y Muerte

Uno de los escritores latinoamericanos más importantes es, sin duda, Horacio Quiroga y Forteza, que llega al mundo el último día del año 1878 en la ciudad de El Salto en el Uruguay; se suicida entre la noche del 18 al 19 de febrero de 1937 en el Hospital de Clínicas cuando le diagnostican cáncer de próstata.

La paradoja de este singular artista se manifiesta a lo largo de su vida, a través de situaciones dramáticas y penosas que este escritor tuvo que pasar a lo largo de su existencia.

En 1879, su padre Prudencio Quiroga muere al disparársele fortuitamente una escopeta de caza delante de su esposa, que tenía en sus brazos al pequeño Horacio. Posteriormente, su padrastro se suicida a causa de una hemorragia cerebral; en 1902 se le dispara accidentalmente una pistola que causa la muerte de su compañero y amigo de actividades literarias, Federico Ferrando. El 14 de diciembre de 1915, su esposa se suicida y como mencioné anteriormente, Quiroga se suicida ante la inminente amenaza de cáncer.

Revisando este historial, solamente puedo deducir que esta vida terrible, lo llevó a escribir una serie de cuentos llamados: “Cuentos de amor, locura y muerte”, entre ellos están “El almohadón de plumas”, -cuento espeluznante, dominado por la influencia de Edgar Allan Poe-, “La gallina degollada” y “La Anaconda” –entre otros-, cuento largo lleno de barroquismo, influencia de la selva amazónica, manejando usos y costumbres de una manera magistral.

Lega al mundo su arte literario que ha influido de manera definitiva a los escritores que buscan plasmar en sus escritos la oscuridad y la luz de la existencia misma. También escribe “El Manual del Prefecto Cuentista”, que aquí presento para ustedes:

I. Cree en el maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II. Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás, sin saberlo tú mismo.
III. Resiste cuanto puedas a la imitación; pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que cualquier otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una ciencia.
IV. Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama el arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas.
VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “desde el río soplaba un viento fuerte”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarlas.
VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII. Toma los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto como una verdad absoluta; aunque no lo sea.
IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres entonces capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X. No pienses en los amigos para escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudieras haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Les sugiero con todo respeto, busquen, lean a Horacio Quiroga; si ya lo han leído, de verdad, qué afortunados.

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