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Esa luminosidad del objeto del deseo

El deseo es la orden imperiosa en nuestra mente de querer poseer algo o a alguien, es parte de nuestra compleja naturaleza; es el afán pasivo inicialmente, cuando se concreta la posesión de lo que se desea, el deseo se convierte en una necesidad; es ese imperioso deseo de autocomplacencia, de haber calmado esa sed que nos produce el deseo de desear. Sin el deseo no habría nada, el deseo es el reactor para casi todas las dinámicas del hombre, entonces el deseo no solamente está ligado con el concepto de carnalidad, sino con todos los universos competentes al quehacer humano; lo más barroco hasta lo más simple es trastocado por el deseo.

Por el deseo se han perdido reinos enteros, recordemos a Enrique VIII, Rey de Inglaterra, (S. XVI) quien el deseo desbocado lo colocó en una situación desfavorable para poder tener decisiones certeras para él y su reinado, entre ellas: la sucesión, la falta de heredero y su relación con el Vaticano. La relación del rey Enrique VIII, particularmente con Ana Bolena –la esposa que verdaderamente amó-, hace que Inglaterra rompa relaciones con el Papa –por no concederle el divorcio al Rey con la Reina Catalina de Aragón- y con el catolicismo sustituyéndolo por la iglesia Anglicana, hasta nuestros días. El deseo, como la humedad, se infiltra en la psiquis, en su debido tiempo somos presas de una obsesión determinada, caminamos hacia el objetivo, casi ciegos –muchas de las veces- y permitimos que las consecuencias de ese empecinamiento, nos aporte su irremediable aprendizaje.

Si tratamos este asunto del deseo de la carne, por ejemplo y bajo la perpectiva cinematográfica, nos encontramos con un film excepcional del español Luis Buñuel, humor negro, ácido como la conciencia de su director: “Ese oscuro objeto del deseo” (1977), con la dualidad actoral de Carole Bouquet y Angela Molina con Fernando Rey –actor insignia del maestro español- en el papel del pelele candidato a amante de una mujer mucho menor que él, sobre todo astuta, ambiciosa. Exquisita historia en donde el deseo es el actor principal, Buñuel renombra por completo esta historia, que originalmente tiene el nombre de “La mujer y el pelele” de Pierre Louys y oscurece el objeto del deseo, él lo bautiza así y yo le hago solamente un contrapunto: el objeto del deseo en su forma esencial y natural, es luminoso, es la luz que nos mueve, que nos impulsa hacia más luz, curiosa y finalmente a la paz interior… asombroso.

En el libro “Sincrodestino” del doctor Deepak Chopra hace mención de un texto sobre el deseo, que dice así: “Tú eres lo que tu deseo más profundo es. Como es tu deseo, es tu intención. Como es tu intención es tu voluntad. Como es tu voluntad son tus actos. Como son tus actos, es tu destino.” Nuestro destino proviene en última instancia de los niveles más profundos del deseo y también del nivel más profundo de la intención. Ambos están íntimamente vinculados. Jorge Ibargüengoitia, novelista, dramaturgo y periodista mexicano (1928-1983) en el epígrafe más largo para su cuento corto: “La mujer que no” escribió lo siguiente:

“-¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparcimiento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gracias, Señor por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!”
La felicidad no estriba en cuántos deseos tengamos, sino saber cuáles podemos manejar, involucrarnos sin que causen mal a ninguna dinámica de supervivencia, propia o ajena, simple…

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