Cobijas de lana cruda | Querétaro

Cobijas de lana cruda

Araceli Ardón

Pasaron meses y días, un invierno tras otro, antes de que las madres pudieran colocar una sábana de algodón sobre el colchón, bajo el pesado cobertor.

Cae la tarde. Las paredes de adobe dejan ver guijarros, ramas pequeñas, hierbas. Faltan siglos para que a un hombre se le ocurra la manera de preparar la cal. En este momento de la historia, algunas comunidades arrancan ramas de los árboles, fuertes y verticales, para sostener una pared. A esa palizada, la recubren de barro que dejan secar al sol. Más tarde, armarán un techo con ramas que cubrirán de grandes hojas.

En el interior de la vivienda, una madre busca la manera de proteger a sus críos y darles una buena noche. Tiene a su alcance pieles de oveja. Las ha curtido de manera artesanal, las ha limpiado como ha podido. Sin embargo, fieles a su naturaleza, esos cobertores primitivos conservan un fuerte olor de animal muerto. Ella quiere algo más para los niños: que sus cobijas sean suaves, que no exhalen ese aliento, que mantengan el calor de sus cuerpos al llegar la madrugada.

Estos padres se ocupan en mejorar los materiales de construcción. En otra parte de aquella aldea remota, a una mujer la enseñaron a lavar la lana con vinagre. Ella inventó un primer detergente con aceite de oliva. 

Un día venturoso, de algún lugar llegó un paño hecho con algodón. Un grupo de campesinos, meses atrás, sembró estas plantas prodigiosas que daban, en lugar de frutos, cápsulas blancas y esponjadas, como nubes en miniatura, regalos del cielo. 

Pasaron meses y días, un invierno tras otro, antes de que las madres pudieran colocar una sábana de algodón sobre el colchón, bajo el pesado cobertor. La primera vez, cuando se dieron cuenta de que sus niñas dormirían como princesas, entre dos telas, vestidas con un camisón de la misma fábrica, encendieron una vela de cera, llevando fuego al pabilo para pronunciar una oración a sus deidades, al concepto de Dios que llevaban en la mente, al cosmos bendito.

Nosotros actuamos como si todos estos inventos estuvieran aquí desde siempre. Como si Adán y Eva hubieran charlado en una terraza frente al mar, tomando buen vino en copas de cristal. Como si no tuviéramos el privilegio de vivir gracias al trabajo de otros.

Las vacunas son inventos nuevos. La de Louis Pasteur contra la rabia es de 1885. La primera dosis contra la tuberculosis acaba de cumplir un siglo: fue administrada en el Hospital de la Charité en París en 1921. Se la aplicaron a un bebé cuya madre murió por esa enfermedad después del parto. Los pediatras Weill-Hallé y Turpin, del equipo de Calmette, se dedicaron a salvar vidas. Apenas un siglo después, miles de científicos desarrollaron la vacuna de Covid-19, en sus múltiples variantes, que evitaron millones de muertes.

El científico catalán David Jou, nacido en 1953, ha escrito poemas espléndidos. Este se titula “El físico”: “Este espantajo / insomne, jeroglífico e hierático, / posado en una rama del gran árbol matemático, / con ojos que no ven sino el cálculo integral / hoy quizá se amarga / —sé bien su sombra larga— / por un signo, una coma, un factor no lineal. // Tened piedad de él, de su búsqueda angustiada: / el cielo del crepúsculo, la costa, el mar, la playa / serán inexistentes para él hasta que haya / resuelto el signo erróneo y la cifra equivocada”.

En mi cama, entre sábanas de algodón y cobertores suaves, doy gracias.

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