Celebra primavera en noviembre | Querétaro

Celebra primavera en noviembre

Ángeles Ochoa

Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena de noviembre para celebrar la terminación de la cosecha del maíz, ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos

“Quien no vive de algún modo para los demás, tampoco vive para sí mismo”, Michel de Montaigne. Escritor y filósofo francés. (1533-1592). 

Apreciados  lectores, los saludo con un gusto inmenso al saber que podemos interactuar por este importante medio. 

Acabamos de vivir una fecha legendaria, mística y trascendente en México, con ello me refiero a la conmemoración de los fieles difuntos, la cual encuentra su cimiente desde tiempos prehispánicos.  Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. 

Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena de noviembre para celebrar la terminación de la cosecha del maíz, ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación, ya que creían que las personas muertas se convertirían en colibríes para volar acompañando al sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección. 

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa “lugar de la muerte” o “residencia de los muertos” para purificarse y seguir su camino. Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.

La viuda, la hermana o la madre preparaban tortillas, frijoles y bebidas, mientras que un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones.

Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón. Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían a su alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día los difuntos tenían permiso para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra, y de esa manera se convertía en el “huésped ilustre” a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta.

Ponían también flores de cempasúchil, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al finado en su camino de regreso a Mictlán. Al llegar a México los misioneros españoles aprovecharon esta costumbre para comenzar la tarea de la evangelización, a través de la oración por los difuntos, y a la costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano, por ello el día 2 de noviembre se dedica a la oración por las almas de los difuntos, se visita el cementerio y junto a la tumba, se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se colocan objetos que le pertenecían, con la finalidad de recordarlo con todas sus virtudes y defectos, y hacer mejor la oración. 

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver a esta sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

Con esta síntesis acerca de este día tan significativo, mi mensaje es amable pero contundente, pues así como pudieron leer el inicio de esta columna, lo que indica el proverbio preambular en palabras de Michel de Montaigne es precisamente dar lo mejor de nosotros a los demás, y dicho sea de paso, invertir en nuestro bienestar integral al hacerlo, como se logra un ramillete de terrones de azúcar en nuestro vivir. Logrando esa coherencia y congruencia, cuando pasemos a otro plano existencial, y nos coloquen una ofrenda en nuestro honor, las calaveritas de azúcar realmente estarán representando una alegoría a lo dulce que fue nuestra vida, y en armonía total con nuestro entorno. 

A propósito de comprender con toda vehemencia la vida y la muerte, como licenciada en Teología, me permito sugerir la lectura de uno de los textos más importantes que pertenecen a la autoría de un enorme teólogo, Joseph Ratzinger, cuyo título es “Escatología: la muerte y la vida eterna”. 
Uno de los dones más ricos del ahora Papa Emérito, Benedicto XVI, es el haber estudiado a fondo la Escatología, la cual en breves, llanas y precisas palabras, es la parte de la Teología que estudia el destino último del ser humano y el universo, así como el conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.  

En resumen, ¡vivamos noviembre como si la estación del año fuese primavera!, dicho de otro modo, que nuestras conductas siempre nos generen fe, esperanza, amor y alegría.

Por hoy me despido con mi acostumbrada frase: “¡hasta siempre, me voy a ser feliz, haga usted lo propio!”. Los espero el próximo sábado para continuar nuestro recorrido por el mundo del altruismo, la caridad y la esperanza. 

Comentarios