Cada quien sus dragones

Gerardo Proal de la Isla

Es fascinante mirar un poco a la distancia a nuestros pequeños jugar entre sí, esas maneras de improvisar su propio guión de película de aventuras y luchar contra múltiples seres imaginarios, en los que de una u otra manera destacan los míticos dragones que son enormes, de colores que envidiaría cualquier camaleón, arrojan grandes cantidades de fuego y vuelan con una inusual destreza, hasta que finalmente son derrotados o convertidos en aliados para, muriendo una y otra vez, lograr vivir para siempre y hasta su próxima historia, cuento o fantasía. Los menores suelen divertirse haciendo gala de la imaginación, tanto niñas como niños, dando rienda suelta a aquello que les  permite aflorar la personalidad, la cual les acompañará más adelante y por el resto de vida en todo lo que tiene que ver con su manera de convivir y de establecer vínculos con los demás y de hacer frente a los retos y circunstancias que la vida les pondrá frente a ellos.

Para los adultos suele ser otro su cuento, llamado “Realidad” y el cual les obliga a enfrentar situaciones convertidas también en dragones que arrojan otros fuegos con otros alcances.  Estamos viviendo una nueva y ya larga temporada de dragones que cada quien debemos enfrentar desde nuestra propia historia. Tal vez hoy día resulta apenas un poco más difícil para otros darse cuenta de lo que vivimos, salvo por quienes lo comparten en redes sociales y porque el cubre bocas impide observar muchas expresiones que a veces nos permiten tener percepciones sobre lo que les sucede a los demás. Sin embargo, es innegable que son muchos más los dragones que andan desatados en el entorno personal de cada cual. Algunos por suerte son muy pequeños, pero hay otros que pueden verse descomunales, con nombres muy conocidos como: enfermedad, crisis, pérdida, economía, desempleo, inseguridad, y un enorme etcétera, que nos obliga a librar cada día la misma o nuevas batallas en la búsqueda de nuestra supervivencia y de lo más cercano a un final feliz.

Ocurre para otra gente, con el paso del tiempo, que algunos de aquellos personajes míticos a los que acudía en los juegos de infancia, suelen evolucionar para mal en su interior y convertirse en verdaderos dragones, alimentados por múltiples propósitos o despropósitos y, en la enorme diversidad que caracteriza a los seres humanos en la actualidad, atacan con armas letales como la intolerancia, la violencia, la polarización, la indiferencia y otros más etcéteras, buscando causar daño o hacer prevalecer su particular interés por encima del generado por acuerdos y consensos. Hasta hoy, es difícil reconocer vencedores y vencidos en este juego en particular que probablemente lleva tanto tiempo como la misma humanidad.

Retomando lo relativo a esos dragones personales y a las batallas que cada quien enfrentamos, hay quienes al igual que los niños, logran hacerles frente e inclusive aprenden a convivir con ellos hasta el nivel de acomodarlos y hacerlos dormir en su regazo. Las enfermedades son un ejemplo de ello. Que la persona aprenda a vivir el día a día con ellas y a transitarlas en paz y armonía consigo mismos, se convierten en batallas ganadas a pesar de que el final sea otro. Alcanzar el equilibrio personal es la mejor manera de vencer nuestros propios dragones, ninguno de ellos es eterno, en la realidad no aplica “por siempre y para siempre”, tampoco en el cuento de este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

 

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