19 / septiembre / 2021 | 17:39 hrs.

¿Asesores de imagen?

Ana Rincón Gallardo

Hace algún tiempo charlaba acerca del acontecer político en México, cuando mi interlocutora, con aire de superioridad, aseveró que cualquier uso de la fuerza por parte del Estado era un atentado contra el Estado de Derecho. Sabiendo que no era abogada, me di a la tarea de explicarle que el monopolio del uso de la fuerza era una facultad de la autoridad legítimamente constituida, pero mi amiga seguía sin comprender nada, repitiendo tan solo lo que había escuchado en Televisa. Supuse que lo más sencillo sería partir desde el origen mismo del Estado

¿Recuerdas a Hobbes? —Le inquirí— claro, me respondió, ¡Jobs el de la Biblia!

Esta anécdota podría resultar cómica, pero estábamos al aire en un programa de radio, de análisis político y ella se dedica al marketing en la materia.

Por lo general, los asesores en imagen pública son avezados en el arte de vender productos, con estudios, particularmente, en publicidad y en universidades particulares. Suponen que pueden tomar a los incautos ciudadanos desprevenidos, mejorando la percepción de los políticos en base a “mentiritas piadosas”, vendiéndolos como “productos idóneos”, de tal suerte que sólo la imagen cuenta. La ideología y principios están de más, las disciplinas sociales salen sobrando, olvidando la filosofía, o la teoría del Estado. Ya ni que decir de materias tan indispensables para un político como la ética o la deontología jurídica.

Lo importante es la apariencia del político, no su realidad, máxime si este es candidato a algo. Que se vea como un ser exitoso aunque no lo sea, que pertenece a una familia feliz aunque ni su perro lo tolere. Todo con tal de obtener el voto del electorado sin importar el costo. ¡Entre más se salga en los medios, tanto mejor, cueste lo que cueste!

En estos días, hemos visto grandes fracasos de estos iluminados, que más que impulsar la deteriorada imagen de sus patrones, ha venido a acelerar su descenso.

El primer caso fue la utilización de grandes espectaculares pagados por el propio municipio a fin de felicitar al presidente municipal por su informe de gobierno, lo que provocó que gran parte de la población se indignara por su costo y mal gusto, recordando aquello que reza: “Lisonja en boca propia, suena a vituperio”.

El segundo episodio se dio ante el mea culpa del presidente Peña Nieto, que no levanto su popularidad, ni atrajo la simpatía del electorado, sino todo lo contrario. Fundamentalmente, falló el tiempo en el que esta disculpa se brindó a los mexicanos y la necedad de los asesores presidenciales de admitir que la adquisición de esa residencia en condiciones por demás ventajosas para el mandatario, estaba manchada por un conflicto de interés. Recordemos que el video de Angélica Rivera, tratando de explicar cómo adquirió ese inmueble, causó más ira que comprensión, hundiendo la popularidad de La Gaviota hasta el inframundo.

Dejó para el final el faux pas más atroz, ocurrido en medio de la Convención Republicana, cuando los asesores de la esposa del señor Trump, plagiaron para su cliente el discurso que ocho años atrás había pronunciado Michelle Obama. Con pésimo acento y sin ninguna convicción, pudimos ver la caricatura de una mujer frívola intentando parecer madura, responsable y empática con sus electores, logrando precisamente el efecto contrario. Aun se escuchan las carcajadas.

¿No sería más sencillo escoger simplemente a los mejores hombres y mujeres y quitarnos de tanta frivolidad y culto a la imagen?

Analista política.

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